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jueves, 12 de octubre de 2017

MORIR DESPACIO. (Alexis Ravelo)

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MORIR DESPACIO
Alexis Ravelo
MERCURIO EDITORIAL
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Tomando como base las andanzas de un acomodado empresario grancanario sin formación académica alguna, creado a sí mismo, dueño de una gran empresa de seguridad -empresa que tanto vigila edificios públicos como gestiona comedores escolares-, y que mantiene buenas relaciones con todas las opciones políticas con peso en las instituciones públicas, Ravelo crea una historia que refleja lo que ya es un parecer manifiesto en Canarias y que ha pasado a convertirse en una enfermedad cardinal de la política isleña del momento. Y es el hecho de que la estrecha relación entre el mundo político y empresarial ha alcanzado un estado de complacencia tal que le permite a ambos mundos compartir intereses comunes y nutrirse mutuamente. Un contubernio este en el que participan tanto los líderes de los partidos políticos con poder manifiesto como los grandes empresarios canarios y los directores de los medios de comunicación de masas.

La muerte de Víctor Barroso, hijo menor de un gestor financiero jubilado en un supuesto suicidio ocurrido en extrañas circunstancias, es el detonante que mueve a Eladio Monroy a salir de un estado de laxitud, que dura ya dos años desde su última aventura, con el objetivo de tranquilizar el alma revuelta con sospechas insustanciales sobre el óbito de su hijo del patriarca de los Barroso. Un vistazo es lo que propone Ernesto Barroso a Monroy. Un simple vistazo. Sólo que los vistazos de Monroy van ineludiblemente acompañados de artejos, cuchillos y cacharrería de fuego real. Y suelen acabar como el rosario de la aurora.

Al ya fenecido Víctor Barroso se unen la periodista Maite Díaz Caballero, empleada en un periódico digital, y el sindicalista Bruno Márquez, ambos fallecidos en instantes temporales muy cercanos al primero, y ambos relacionados con una investigación sobre las supuestas actividades laborales y no por ello menos ilegales del empresario grancanario Marcial Navarro, un magnate de los de armas tomar convertido en una especie de Vito Corleone de la malicia insular. Un personaje, este, que medra a la sombra de un político sin escrúpulos afincado en Madrid y que es impune a la ley como lo demuestra el hecho de haberse construido una piscina en su chalé de Tafira, allí por donde con anterioridad  transitaba un camino real.

Personas de dudosa reputación enfundadas en trajes de Giorgio Armani, periodistas conchabados con poderosos empresarios y varios muertos en extrañas circunstancias conforman el cóctel explosivo que nos propone Alexis Ravelo en esta cuarta aventura del ex marino Eladio Monroy. Una entrega que se mantiene fiel a la serie y no defrauda en absoluto. Suspense, racionalidad y una reconstrucción objetiva de lo frecuente, de lo acostumbrado, de lo que nos es familiar. Y lo frecuente, lo acostumbrado y lo familiar en esta novela no es otra cosa que el espacio. La geografía social de esta ciudad y de esta isla que pisamos a diario. Un escenario que actúa como un ente vivo, biológico, que responde a una realidad social y política que no tiene nada que envidiar a la que se estila en otras latitudes. Una actualidad  que conecta con el presente, signado por políticas de recortes, crisis social y económica y protestas ciudadanas.

El género negro «es la novela del día a día», eso, al menos, es lo que manifiesta Ravelo y tanto es así que llega a apostillar que «todos los argumentos de la serie de Eladio Monroy, aunque son ficticios y están novelados, surgieron de alguna noticia periodística». No son, pues, invención del escritor todos esos empresarios que arborecen a la sombra de políticos sin escrúpulos, amparados por los medios de comunicación que les son afines y les hacen el juego. Las Palmas de Gran Canaria no se caracteriza precisamente por su demasía en crímenes violentos pero sí existe la «delincuencia de cuello blanco», según las palabras del propio escritor. Sí que existen corruptelas y tratos de favor. Sí que hay una relación ceñida entre la clase política y la empresarial, que se manifiesta en una disposición a favorecer determinados intereses inversionistas a costa de otros que conciernen a sectores más amplios de la población.  
   
La alternancia entre realidad y ficción es uno de los asuntos fundamentales de la novela negra. Comenta Alexis Ravelo que «la novela negra es un vehículo de análisis de la sociedad, porque crea incomodidad y nos hace reflexionar sobre nuestra propia realidad». Ravelo sabe de lo que escribe. Sus numerosos y bien preciados galardones le han permitido acumular la suficiente información para que sus novelas ofrezcan pinceladas bastantes reales de cómo se mueven los delincuentes y el oscuro mundo del crimen. Pero también, como ciudadano de a pie, Alexis Ravelo es conocedor de todas aquellas cuestiones que nos afecta más directamente: la crisis económica, el desempleo, las miserias del pequeño empresario y las reformas laborales. Todo esto y más lo refleja en «Morir despacio». Y es que Eladio Monroy es el vehículo del que se sirve Ravelo para denunciar los males de nuestra sociedad.
En «Morir despacio» va a encontrar usted, no lo dude, una literatura dinámica, espontánea y amena -algo que viene caracterizando la obra de este escritor desde sus comienzos- y asimismo un producto sin censuras, una historia que afronta los problemas sociales cara a cara, directa y críticamente, una narración que involucra a un personaje, Eladio Monroy, honesto a capa y espada, eso sí desconfiado, descreído y desvergonzado como él solo, pero comprometido con su propia realidad, alguien a quien, a poco que se lo permitan sus atrevidas y desusadas actividades, podemos tropezarnos en cualquier manifestación ciudadana que transite las calles de esta ciudad.
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domingo, 1 de octubre de 2017

LOS TIPOS DUROS NO LEEN POESÍA. (Alexis Ravelo)

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LOS TIPOS DUROS NO LEEN POESÍA
Alexis Ravelo
ANROART EDICONES, S. L.
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«Los tipos duros no leen poesía» es una demostración tangible de que ya en 2011, fecha de aparición de la novela, Alexis Ravelo  había alcanzado su plena madurez literaria, se había despojado definitivamente y sin paliativo de su condición de joven promesa. Los personajes que forman su universo particular, toda una galería de antihéroes de papel que ha crecido a su sombra, tienen ya vida propia y son seres creíbles, gente de la calle sin oportunidad que se dedica a sobrevivir como buenamente puede en una ciudad tranquila donde pululan sin permiso del escritor. Por ese entonces Monroy ya tiene condición, no es un extraño. Gloria, a su vez, tiene carácter, paciente pero lo tiene. El Chapi y Dudú se han ganado, asimismo, un lugar entre esa cáfila de desheredados de la fortuna que pueblan las páginas del novelesco mundo de Ravelo y que tan bien representa a las capas más pobres de nuestra sociedad. Así lo ejemplifica Casimiro, el dueño del Casablanca donde ejerce de todo, y Matías, el vecino cascarrabias consumidor compulsivo de películas de acción, y el burocrático comisario Déniz, al que hay que darle todo destripado, y un sinfín de personajes más que han pasado a ser como de la familia.

El Monroy curtido que nos tropezamos aquí parece más filósofo que nunca. Sus reflexiones sobre la crisis («Mira Déniz no me toques los huevos con lo de la crisis. Eso de la crisis es un rollo de ricos. Para los que siempre hemos comido mierda, un poco más de mierda no importa») son fruto de un hombre que es consciente de la posición que ocupa en la sociedad, un hombre que sabe lo complicado que es situarse en la vida y lo complicado que es prosperar, sobre todo cuando no se cuenta con la ayuda conveniente: «No estaba limpio. Eso seguro. No podía estarlo porque nadie medra tanto y tan rápidamente sin pisotear unos cuantos cráneos.» 

«Estoy grabando esto porque van a matarme». Con esta frase tajante y melodramática comienza «Los tipos duros no leen poesía», la tercera entrega de la serie de Eladio Monroy, publicada como hemos dicho allá en 2011 por Alexis Ravelo. Monroy, ese ex marinero violento, sarcástico, maleducado y sentimental, aislado y herido ahora, se desangra en un amplio salón de una casa perdida en el municipio de Mogán rodeado de cadáveres. Una herida en su muslo tiene la culpa. Lo cierto es (para no entretenernos mucho) que este hombre no escarmienta. De nuevo se encuentra metido en un lío de cojones y, con una grabadora en la mano, se dispone a dejar una especie de testamento. La historia comenzó días atrás cuando una sospechosa pareja solicitó sus servicios para localizar una misteriosa cajita de madera...

Fueron Melania Escudero, viuda del empresario Gustav Hossman, y su abogado Alfredo Suárez Smith, quienes solicitaron la ayuda de Monroy para localizar esa misteriosa cajita que en su día perteneció al padre de Melania y que éste ofreció a su yerno como regalo de bodas. Fue un capricho del destino que la cajita de marras apareciera, tras la muerte de Hossman, en posesión de Laura Jordán, la amante del difunto. Lo que ya no sé si es un simple capricho del destino o si se trata de un vicio adquirido es que Monroy se vea involucrado una vez sí y otra también en asuntos turbios de los que termina saliendo siempre malparado.

La bola de nieve empieza a rodar cuando Monroy pide ayuda a un amigo suyo experto en colarse en casas ajenas, un tal José María Pérez Delgado,(más conocido como el Ministro), que aparece muerto en la antigua explanada del jet foil unos días más tarde. No, no voy a destriparle la historia a nadie. Nada más lejos de mi intención. Solo añadir que a partir de ese momento Monroy comienza a tener problemas. ¡Vaya si va a tener problemas!   
    
Y hablando de problemas... cada vez que Casimiro señala a Monroy cuando un desconocido hace su aparición en el Casablanca cuestionándole su identidad no nos queda otra que prepararnos para recibir un disgusto. De esto es consciente Casimiro, pero asimismo Gloria, porque Monroy se lo ha demostrado a base de golpes, de cometidos para delincuentes a los que es difícil encuadrar entre sayones insensibles o pobres diablos meritorios de compunción. Y es que la podredumbre y la miseria se esconden  (no precisamente por vergüenza) en cualquier rincón dejado de la mano de Dios de esta ciudad amable y a la vez odiosa donde nos ha tocado vivir. Una ciudad por la que desfilan y se comunican  los supervivientes y los buscavidas que el escritor recrea para deleite del lector. Da igual si se trata de un abogado chapucero de una dama millonaria, o de un bribón que se dedica a blanquear dinero sucio. La marginalidad no conoce lugar y condición, tanto existe en un chalet de lujo como en un barco repleto de mejicanos que se dedican a cruzar el océano para robar el dinero a un descuidero que se lo extrajo a otro que era más ladrón todavía. Y si no lo creen, aquí está «Los tipos duros no leen poesía» para demostrarlo.

Como no podía ser de otra forma la historia a la que nos enfrentamos aquí es un hard boiled al más puro estilo americano, con sus enigmas, vicios, golpes bajos, pesimismo social, cosas que no son lo que parecen y muchísima mala leche, tanto en el argumento como en los diálogos, como diría el propio escritor. Tanto es así que, para Gloria, Monroy se le representa como un Mike Hammer justiciero y solitario que al contrario de éste siempre termina descalabrado. Claro que, según sus propias palabras, «la diferencia es que Mike Hammer era de papel y por eso no podían darle puñaladas. Y si se las daban, nadie sufría ni tenía que cuidarlo en la clínica». Hecho, este último, que ella tiene que padecer aventura tras aventura.

Ravelo tiene un arte especial para hacernos creer que estamos ante una fábula cuando en realidad lo que nos está relatando es un reportaje de la más cruda realidad. Ya nos previene, el muy pícaro, que «los hechos y personajes que aparecen en esta novela pertenecen a la ficción y, por tanto, los medios de comunicación citados jamás han publicado las noticias que en ella se mencionan». Sin embargo, deja claro al final del libro que su principal inspiración para el argumento de este relato fue la prensa y lo que ésta en su día contó sobre tres casos judiciales que coparon las portadas de los diarios. Cómo se las ingenió esta alma bendita para hacer coincidir estos tres casos en una única proposición, es algo que sólo él conoce. Lo cierto es que esto que se nos refiere aquí me retrotrae a la trama Gürtel, la investigación que desarrolló la Fiscalía Anticorrupción sobre la financiación ilegal del Partido Popular. Quizás esta manía mía de encontrarle justificación a todo se deba al hecho de que Ravelo ya nos tiene advertido que «una ficción que no habla en último término de la realidad, es una ficción inútil.»
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domingo, 24 de septiembre de 2017

LA VERDAD SOBRE EL CASO HARRY QUEBERT (Jöel Dicker)

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LA VERDAD SOBRE EL CASO HARRY QUEBERT
(La Vèrité sur L'Affaire Harry Quebert)
Jöel Dicker
TRADUCCIÓN: Juan carlos Durán Romero
ALFAGUARA
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Hace cinco años Joël Dicker, escritor suizo que contaba veintiocho por entonces, escribió «La verdad sobre el caso Harry Quebert», un libro que  versa sobre un escritor que a su misma edad alcanzó el éxito con su ópera prima. Un solo libro y Goldman, que así se llama el héroe de Dicker, vio como se le abrían las puertas de una nueva vida. Durante los seis meses posteriores a la publicación del libro Goldman se dedicó en cuerpo y alma a disfrutar de las bondades de su nueva condición. Hasta que llegó un momento en que tomó conciencia que había perdido la inspiración. A partir de entonces fue incapaz de escribir una sola línea.

Lo que Dicker escribió no es solo un libro, sino su propio futuro. Unas semanas después que «La verdad sobre el caso Harry Quebert» fuera publicado en Francia, se convirtió en la novela más leída de la década en ese país. La verdad es que la promoción del libro arrastra consigo una buena dosis de fanfarria; con dos millones de copias vendidas en un año, ha sido traducido a 32 idiomas y ha ganado varios premios literarios de indudable valor. Pero como sucede con todo best seller que se precie, esta tremenda algarabía de halagos viene acompañada de múltiples críticas negativas.

«La verdad sobre el caso Harry Quebert» es una especie de muñeca rusa en el que unas fantasías se destapan para dejar a la vista otras nuevas fantasías. La cuestión es compleja, un novelista (Jöel Dicker) cuenta la historia de otro novelista (Marcus Goldman), que está escribiendo un libro con el mismo título que el que tenemos en las manos, que versa sobre un tercer novelista (Harry Quebert) y que contiene extractos de la novela de Goldman y del libro de Quebert. Todo un lío metatextual que decora un historia con muchas sorpresas y pistas falsas.

El protagonista de «La verdad sobre el caso Harry Quebert», de Dicker, es Marcus Goldman, un joven hambriento de alabanza, cuya primera obra lo convierte en rico y famoso. A partir de entonces se codea con una actriz de fama y se deleita en su celebridad. Pero cuando trata de abordar su segundo libro sufre un bloqueo creativo. Así pues, con la idea de hacer fluir su ingenio y lastrado por su editor con un plazo de entrega y con una posible demanda viaja a la ciudad de Aurora, en la zona rural de New Humpshire, al cobijo de su mentor Harry Quebert, exprofesor de universidad y a la vez escritor de éxito. Quebert siempre fue un consejero generoso y leal para Goldman, una persona curiosa que utiliza el boxeo para ilustrar sus consejos sobre la escritura y que lo inició en el noble arte de escribir y en última instancia le suministró un episodio de su vida como fundamento para su novela.

Poco después de su llegada a Aurora el cuerpo de Nola Kellergan es hallado en una fosa situada en el patio trasero de Goose Cove, la propiedad de Quebert. Nola fue una niña de 15 años que desapareció 33 años atrás y cuyo secuestrador, a pesar de la conjugación de algunas pistas, nunca fue encontrado. Junto a los restos de Nola es hallado un manuscrito del famoso libro de Quebert, «Los orígenes del mal», que fue inspirado, como se descubre ahora con sorpresa y horror, en el amor obsesivo que el escritor sostuvo por Nola. Harry no se ha recuperado del trauma y no ha concedido su amor a ninguna otra mujer. Como no puede ser de otra forma, Quebert se convierte en el sospechoso número uno de la muerte de Nola y es arrestado por secuestro y asesinato. La comunidad de la pequeña ciudad de Aurora cierra filas en su contra y Goldman, fiel a su maestro, se convierte en una de las pocas personas que creen en su inocencia. El escritor inicia así una investigación paralela a la policial y descubre, en una feliz coincidencia, que la búsqueda de la justicia es tan inspiradora como capaz de curarle del bloqueo inspirativo.

Tras el descubrimiento de los restos esqueléticos de Nola Kellergan, Dicquer añade una lista de sospechosos a su ya complicado relato: un filantrópico y misterioso millonario, su desfigurado y repulsivo chófer, un jefe de policía corrupto y pedófilo, un amante repudiado, una madre maltratadora y un extraño pastor evangelista que guarda un secreto inconfesable. Todos ellos giran alrededor de Québert, un maduro novelista de éxito atormentado por un pasado del que no consigue escapar, de Nola, una jovencita amartelada y dispuesta a cualquier cosa por preservar su amor, de la severa y rencorosa dueña de un dinner, donde trabaja de camarera su hija, una joven sensible de la que está enamorado un rudo policía... En fin, nada que no hayamos visto o leído en otros relatos del género.

Pero no se dejen engañar, nada es lo que parece en esta novela. Ni los personajes son aburridos ni la historia es tan sencilla. Este es un relato en el que, como no podía ser de otra forma, cada personaje propone un punto de vista distinto sobre los hechos y aporta detalles que nadie más puede ofrecer. Dicker recrea aquí una narración densa, con múltiples sospechosos, historias contradictorias, pecados pasados, secretos de ciudad y enredos personales. Cuestiones como: ¿Es la historia de amor entre Harry y Nola, fundamento de «Los orígenes del mal», una recreación veraz de los hechos acaecidos en Aurora en 1975? ¿Qué esconde el espeluznante título de esta obra? El escritor ofrece al lector la información de forma racionada. Sus giros pueden parecer evasivos, pero en realidad no hacen más que estimular la imaginación del lector y conducen a una sutileza final de la que el propio Hitchcock se sentiría orgulloso.

La crítica especializada ha acogido «La verdad sobre el caso Harry Quebert» con diversidad de opiniones. Hay quienes lo llenan de elogios y quienes maldicen la hora que vio la luz. Personalmente no creo que merezca ninguna de las dos apreciaciones. Hay que reconocerle a Dicker el haber sabido conjugar una copiosa, complicada y atrayente estructura de planos y perspectivas. Más de millón y medio de ejemplares vendidos avalan su novela y eso es algo que no se consigue por casualidad. El problema es que la historia no enamora, no deja detrás ninguna estela que haga echar de menos a los personajes. El planteamiento inicial promete y al final se multiplican las novedades. Pero durante el desarrollo Dicker patina. Varios personajes quedan a medio cocer. «La verdad sobre el caso Harry Quebert» es un libro entretenido pero discreto y no conviene dejarse llevar por la fanfarria mediática que lo acompaña, fanfarria a la que se suman cifras elevadas de premios, ventas y traducciones. La comparación con la «Lolita» de Vladimir Nabokov es una broma de mal gusto, por supuesto.
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viernes, 8 de septiembre de 2017

EL LADO OSCURO. (Andreu Martín)

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EL LADO OSCURO
Andreu Martín
MENOSCUARTO EDICIONES
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A finales del pasado año, Menoscuarto Ediciones desarrolló y dio a luz una interesante idea literaria, la colección de novelas policíacas «Seis Doble», para narrar las aventuras de la atractiva detective Sonia Ruiz. «Seis doble» se integra en la línea de la frecuentada y célebre serie francesa «Le Poulpe» (El pulpo), la última gran ofensiva del neopolar, un proyecto colectivo surgido en los años noventa en el que en cada entrega un autor diferente se hace cargo del mismo detective. Cada tomo recoge, más que la continuación de una historia, los casos y peripecias que distintos autores van ideando para el detective protagonista. La idea es un intento de recuperar el carácter popular de la novela negra, con unos relatos contundentes y sin pretensiones, un mensaje político inequívoco y unos precios al alcance de las masas más populares. Los sucesivos narradores, autores de primera fila en el género, van ideando nuevos casos para sus protagonistas comunes, al tiempo que enriquecen el perfil de los personajes.

Los protagonistas de «Seis Doble» son la treintañera Sonia Ruiz y su amigo Pau Soria. Sonia es quince años mayor que Pau, ejerció de canguro cuando él era pequeño, adquiriendo ahora su relación la categoría de «amigos sin derecho a roce». Sin embargo, Pau siente una atracción fatal por Sonia. «Qué hermosa era, la madre que la parió. Era su modelo de belleza femenina desde que aquellos ojos y aquella sonrisa se inclinaban sobre él, le deseaban buenas noches y le daban un beso después de leerle un cuento.» Sin embargo, para gusto colores, las relaciones laborales de Sonia con Pau no son del agrado de la madre de este, Cristina. En una ocasión, cuando Sonia salía de pasar una noche en el calabozo, liberada sin fianza por un juez, Cristina le mete una soberana bronca por tarambana y golfa y a su hijo Pau por estar conviviendo con ella.  

Abrieron el fuego en este novedoso propósito Lorenzo Silva y Noemí Trujillo con una trama relacionada con el acoso laboral. «Nada sucio», que así se llamaba la historia, nos regaló a una investigadora a la que costaba creerse del todo. Treintañera, recién separada y sin trabajo, Sonia Ruiz se embarcó en la carrera de detective con el afán de sobrevivir. Tampoco llegó a convencer su desinteresado ayudante, un Pau Soria joven que mantiene con la heroína una relación de amistad que por momentos parece ir más allá. En «Nada sucio» nos quedamos con la inexcusable y molesta impresión de que Soria acaba tomando más protagonismo que la propia detective.

Apoyado en este material, Andreu Martín consigue con «El lado oscuro» una novela sin fisuras, que engancha al lector desde la primera línea, y que lo obliga a seguir a Sonia Ruiz por los senderos de una historia en la que se conjugan personajes nada recomendables que campan a sus anchas en un mundo sin leyes. Su excesivo e incómodo realismo así como su adscripción sin reservas al género policíaco y la maldad que desprende alguno de sus personajes hacen de «El lado oscuro» un producto redondo. Hay en él humor e ironía, escenas de riesgo físico y de sexo explícito. Es ésta una novela que convence.

Andreu Martín se las arregla para hacer confluir con solvencia los dos relatos que dan pie a esta novela, historias que permanecen aisladas hasta el final y que recogen, por un lado, las investigaciones de Sonia Ruiz para demostrar la infidelidad del marido de una clienta que responde al nombre de Diana Martínez, personaje éste que en el momento del encuentro con la detective luce en el ojo izquierdo los restos de un hematoma de intenso color morado, síntoma de haber recibido malos tratos. Y, por otro, las de Pau Soria, quien se topa con un turbio asunto en el servicio secreto español. A Soria lo habían captado años atrás como experto informático para que colaborase en una alucinante misión internacional para el gobierno de Panamá. Un veterano del CNI, que tenía ganas de desplazarse a Centroamérica, le quitó el sitio. Ahora se encuentra a las órdenes de un experimentado agente, un tal Verdugo, un personaje nada cuerdo que se mantiene en guerra con el mundo. ¡Soy la alcantarilla del estado!, suele proclamar a destajo.

El problema es que Verdugo es un mal bicho, un mal enemigo. Su nombre define a la perfección su personalidad. Tras robar en casa del fiscal general del estado una miniatura del siglo XIV valorada en trescientos mil euros y verse descubierto, pasaporta al otro barrio a un joven compañero y se las ingenia para que la culpabilidad del robo recaiga sobre éste. Soria no tarda en comprender que el viaje que le proponen a Afganistán es una forma de quitarlo de en medio: «Se me están quitando de encima. Saben que he copiado la chorizada de Verdugo en el pendrive y me quieren callar la boca.»

Andreu Martín nació en Barcelona el 9 de Mayo de 1946. Estudió psicología en la Universidad de Barcelona y entre 1971 y 1979 trabajó como guionista de cómic para la desaparecida editorial Bruguera, al tiempo que colaboró en revistas como Destino, Cambio 16, Tiempo, El jueves, Gimlet, etc. En el 79 se embarcó en la aventura de escribir su primera novela, «Aprende y calla», iniciando así el largo camino de narraciones de género negro que lo han caracterizado, entre las que se encuentran «Prótesis» que ganó el premio «Círculo del crimen» en 1980, «El hombre de la navaja» que se hizo con el Hammett en el 89 y «Si es no es» con el «Deutsche Krimi Freis International» en el 92, entre otros.

Ojalá, esta iniciativa de Menoscuarto continúe con el mismo éxito porque fundamentos para ello tiene. Esperemos tener Sonia Ruiz para rato.
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viernes, 1 de septiembre de 2017

UN MES CON MONTALBANO. (Andrea Camilleri)

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UN MES CON MONTALBANO (Un mese con Montalbano)
Andrea Camilleri
TRADUCCIÓN: Elena de Grau Aznar
EDICIONES SALAMANDRA, S. A.
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«Un mes con Montalbano» es un recuento de treinta historias cortas que coadyuvan a conocer el universo de Camilleri y su personaje y que ponen a prueba la capacidad psicológica y deductiva del comisario así como su conocimiento y comprensión de las debilidades humanas. El nombre de Montalbano es un guiño a la figura del escritor Manuel Vázquez Momtalbán, y su primera característica es una radical diferencia social y cultural con Carvalho. Montalbano presume de una cultura sorprendente, especialmente dieciochesca, mientras que Carvalho posee una cínica afición a condenar a la hoguera los libros de su bien nutrida biblioteca. Ya en el 68 el futuro comisario Montalbano, que tenía por entonces 18 años, dio pruebas de sus inquietudes formativas e ideológicas: «se manifestó, ocupó, proclamó, arrasó, protestó y peleó.» Contra la policía, naturalmente.

Su parentesco, el parentesco de Montalbano, está muy cercano al Maigret de Simenon por su sagacidad deductiva y su conocimiento y comprensión de las debilidades humanas, siendo un escéptico en todos los órdenes, excepto quizás  en la búsqueda de la verdad por la que siente auténtica pasión. Es aquí, en los relatos de novela corta, en la descripción de toda esta galería de personajes típicos y en la voluntad de crear su propio microcosmos literario, donde Camilleri expone su deseo de sobrevolar la novela de intriga y detectives para asentarse en los terrenos de la ficción filosófica y moral.

Las referencias literarias en la creación de Camilleri son constantes, inverosímiles en cualquier comisario de la vida real, sin duda, pero perfectamente creíbles en un personaje fruto de la palabra. Las novelas de este escritor siciliano simbolizan un recorrido por los gustos culturales del propio narrador. No es, pues, una casualidad que Montalbano sea tan buen lector como el propio Camilleri. Sciascia, Pavese, Victorini y Borges, Dante, Kafka, Leopardi y Pirandello, Prust, Musil y Melville, Dürrenmatt, Poe y Cazotte, todos, sin excepción, tienen cabida en «Un mes con Montalbano».

En el mercado de masas en que nos movemos, la literatura corre el riesgo de generar éxitos multitudinarios allí donde menos se espera. Fue éste el caso de Andrea Camilleri quien, allá por 1998, con 73 años encima, emergió de la nada y se convirtió en realidad informativa. Camilleri publicaba por entonces sus novelas policíacas en una pequeña editorial, Selleiro (en referencia a su propietaria Elvina Sellerio), una editorial ésta con pocas expectativas de rivalizar con las grandes empresas del medio. La primera novela de la serie protagonizada por el Comisario Montalbano salió en 1994 bajo el título de «La forma del agua» (La forma dell´acqua), y ya en 1998, fecha de publicación de «Un mes con Montalbano», siete de sus novelas ocupaban los primeros lugares en las listas de los libros más vendidos en Italia. No es Camilleri un producto al uso de la mercadotecnia mediática, un engendro de la producción publicitaria, antes al contrario, es la más viva constatación de cómo la literatura más artesanal puede ser avalada por la mayoría. El propio Camilleri ya lo adelantó en su momento: «Soy un escritor lanzado por el tam tam del público, no he ganado premios de resonancia». Y es que, en un país que no se caracteriza precisamente por su amor a la lectura (según la Federación de Gremios de Editores de España el 39% de los españoles no leyó ni un libro en el 2015 y en una década se han cerrado el 25% de los puntos de venta de prensa), el poder del lector a la hora de elegir un libro es hoy más concluyente que el poder de la crítica, por más que pese a algunos críticos hermanados con ciertas posturas editorialistas más que dudosas.  

Por estas microhistorias de corte rural desfila todo un abanico de delitos. Premeditados, pasionales, financieros, mafiosos y políticos, cometidos por todo tipo de sujetos, jóvenes, adultos, hombres, mujeres, ignorantes y cultos. El pueblo de Vigàta es un espacio vital repleto de fisgones, de gente dura, terca y de pocas palabras, entre las que destaca con luz propia Calòrio, uno de esos vagabundos que pide limosna con discreción, sin molestar, sin asustar a mujeres y pequeños. Calòrio es un personaje al que, como al santo patrono de la ciudad, siempre se le conoció con un libro en la mano. Pirandello y Monzoni, Dostoievski y Maupassant fueron su eterna compañía. En Vigàta el orden social está dominado por dos familias mafiosas, los Cuffaro y los Sinagra, familias que al más puro estilo tradicional resuelven sus disputas a tiros. Cuando Montalbano recaló en Vigàta, unos buenos años atrás, el partido se había cobrado ya ocho muertos por bando.

Toda una galería de personajes ultraconservadores, anclados en una mentalidad semiurbana, anárquica, tan cándida como perversa, desfila por las páginas de «Un mes con Montalbano». Por amor entrega su vida Michela Prestia, cuyos devaneos con el contable Moscata trascienden los límites de lo imaginable. Por amor, un amor mal entendido, Mario Urso, otro contable cincuentón, mata a su esposa al sorprenderla en actitud inequívoca con su amante. Asimismo y por amor, a los cincuenta cumplidos, el doctor Landolina, un ginecólogo serio y apreciado en Vigàta, pierde la cabeza por la veinteañera Mariuccia Coglitore, viéndose obligado a salir por patas del pueblo.

«Un mese con Montalbano» llegó al castellano en 1998 de la  mano de Elena de Grau Aznar quien publicó su traducción, gracias a la editorial Salamandra, bajo el  título de «Un mes con Montalbano» en 1999. Dentro de su colección Narrativa, la misma editorial publicaría dos ediciones nuevas de la novela, una en 2002 y otra en 2012.

La aparición de «Un mes con Montalbano» provocó en la prensa española una ola de artículos. Vázquez Montalbán, con quien Camilleri compartió una provechosa amistad, se encargó de confeccionar el prólogo del libro, y el periodista Enric Juliana regaló a los lectores de La Vanguardia, bajo el título de «Montalbano contra Montalbán», una breve biografía del escritor. Montalbano ha pasado a formar parte del panorama siciliano. Camilleri apuesta por un idioma que refleja el habla de las gentes, un lenguaje repleto de circunloquios e hipérboles brutales, un reflejo de la idiosincrasia de los isleños, que «sólo con ironía pueden sobrevivir». 
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lunes, 21 de agosto de 2017

EL NIÑO 44. (Tom Rob Smith)

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EL NIÑO 44 (Child 44)
Tom Rob Smith
TRADUCCIÓN: Mónica Rubio
EDICIONES SALAMANDRA, S. A.
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La acción de «El niño 44» se sitúa en la Unión Soviética en los meses anteriores e inmediatamente posteriores a la muerte del dictador Iósif Stalin. La trama gira en torno a un asesino que posee impunidad para matar porque el sistema soviético no es capaz de admitir problemas sociales propios del capitalismo tales como el asesinato o la prostitución. A pesar de poseer una omnipresente policía secreta que sabe todo de todos, los soviéticos no están preparados para manejar a un asesino en serie. Un rosario de niños son asesinados y mutilados en todo el país, pero las autoridades locales no se atreven a reconocer los hechos como asesinatos, por lo que no hay forma de que las autoridades centrales tomen consciencia de lo que está ocurriendo. Los asesinatos son tratados como actos propios de desviados, homosexuales o personas mentalmente retrasadas, nunca de ciudadanos soviéticos de a pie.

Todo comienza cuando el cadáver de un niño de cuatro años, atropellado por un tren, es hallado en las vías a las afueras de Moscú. El padre del fallecido, miembro de la Policía de Seguridad del Estado, aventura la posibilidad de que la muerte de su hijo pueda no haber sido tan accidental como sugiere el informe oficial. Leo Stepánovich Demídov, héroe de guerra y prometedor  miembro del Departamento de Seguridad del Estado,  sostiene ante la familia del fallecido la imposibilidad de tal situación porque en la Rusia comunista, simple y llanamente, este tipo de crimen no existe. Sólo se conciben ataques por parte del corrupto mundo exterior. Las cosas se complican para Demídov cuando un rival despiadado afirma que su esposa, de  quien el propio marido sospecha que le es infiel, ha sido mencionada como contacto en la confesión de un sospechoso de espionaje. En el clima paranoico de la época, ésto significa la muerte. Y por ese camino parecen conducirse los hechos cuando Demídov se ve obligado a espiar a su esposa por supuesta traición a la patria. Demídov rechaza la evidencia de que un asesino tenga derecho a la libertad. Sólo cuando él mismo se convierte en víctima de una lucha burocrática intensa comienza a caérsele la venda de los ojos y su esposa y sus padres se ven atrapados en una pesadilla. Ni sus condecoraciones ni su excelente hoja de servicios le sirven para evitar ser degradado y expulsado de Moscú.

Desafortunadamente el héroe de Smith, Leo Demídov, no es un espía glamuroso sino un espía secreto stalinista. Miembro del Departamento de Seguridad del Estado, como ya se ha dicho, Leo Demídov cree ciegamente en la propaganda oficial de su país, según la cual la Unión Soviética es el paraíso de la igualdad y la fraternidad sobre la Tierra, una alianza de ciudadanos libres y trabajadores prósperos a los que hay que defender de sus enemigos con todos los medios imaginables, incluyendo la delación, la represión, la tortura y la muerte. El trabajo de este personaje consiste en detener, interrogar y torturar a aquellos que piensan y actúan fuera de la sincronía del estatus establecido.

Smith utiliza su historia de detectives para explorar las realidades de la vida de la Unión Soviética, tanto en el período estalinista como en las décadas posteriores. Queda claro en las páginas de la novela cómo el silencio y el miedo devienen en ignorancia, una ignorancia que genera incapacidad para reconocer  la verdad que corroe la fibra de todo ser humano. El amor queda deslustrado por el miedo. Demídov toma consciencia de que su esposa se casó con él por temor: «Me casé contigo porque tenía miedo. Temía que si rechazaba tus proposiciones me arrestaran, quizás no de manera inmediata, pero sí en algún momento, con cualquier pretexto. Yo era joven, Leo, y tú eras poderoso. Por eso nos casamos.» Y también que su padre, ante el temor de perder sus privilegios con el Estado, le aconseja que entregue a su esposa: «La verdad es que quiero que mi mujer viva. Quiero que mi hijo viva. Y yo quiero vivir. Haría cualquier cosa para que así fuera. Según lo veo, es una vida a cambio de tres. Lo siento.»

«El niño 44» está inspirado en la historia real de Andrei Chikatilo –el carnicero de Rostov- que entre 1978 y 1990 asesinó y mutiló al menos a 52 mujeres y niños en Rusia, Ucrania y Uzbekistán, territorios que formaban parte de la Unión Soviética por aquel entonces. «El niño 44» traslada a ese monstruoso personaje a la Rusia de 1953 y a todo lo que implicaba la dictadura absoluta de Stalin. O sea, las purgas no sólo de los disidentes sino de cualquiera que cayera en desgracia o le tocara la lotería, la censura despiadada de todo aquél que se atreviera a dudar que la Unión Soviética era la encarnación del paraíso en la Tierra, el dogmatismo como norma, la sumisión absoluta como fórmula de supervivencia, la impunidad del sádico y del corrupto si estaban arropados por el sistema. En esos entonces el crimen era atribuido al capitalismo y el asesinato considerado una «enfermedad capitalista». En el estado comunista de la Unión Soviética el crimen no tenía razón de ser, pues todas las personas eran iguales y tenían sus necesidades satisfechas.

La atmósfera, azotada por el viento, que se respira en las páginas de «El niño 44» es visualmente atractiva, con interminables paisajes nevados y aguas heladas reflejo de corazones y mentes congelados por el miedo y la paranoia, en uno de los peores períodos de la historia rusa. Las escenas dramáticas son profusas y tensas. Smith declaró en su momento: «Siempre me han interesado los daños colaterales, por así decirlo; es decir lo que sucede a los márgenes de la narración. Me gustaba la idea de explorar la colisión entre la investigación policial y la cultura del régimen, y el impacto que eso tenía en los protagonistas, más que la propia historia del asesino.» Pero «El niño 44» es algo más que eso. La novela representa con éxito todo lo que puede llegar a ser un régimen represivo. Si podemos cuestionar el cuadro que éste nos pinta, es porque la verdad fue mucho más cruda. Los rusos ordinarios, especialmente los que vivían lejos de Moscú, amaban a Stalin y creían en su paternalismo. Incluso hoy hay muchos que anhelan aquellos tiempos. Pero eso no importa, «El niño 44» no es una lección de historia, solamente es una pieza de ficción. 
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martes, 8 de agosto de 2017

ENTRY ISLAND. (Peter May)

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ENTRY ISLAND (Entry Island)
Peter May
TRADUCCIÓN: Cristina Martín Sanz
EDICIONES SALAMANDRA, S. A.
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«Entry Island se divisaba allá a lo lejos en el otro extremo de la bahía, iluminada por un sol que tan sólo en ese momento se elevaba por encima de un puñado de oscuras nubes matinales. Aquel trozo de tierra atrajo su atención, y ya no dejó de contemplarlo, así como si estuviera en trance, mientras el sol le enviaba sus rayos y creaba algo semejante a una aureola alrededor de la isla. Tenía algo mágico. Casi místico.» Así es Entry Island, situada a 1.367 kilómetros de Montreal, en las islas de la Magdalena, en el golfo de San Lorenzo. Las islas de la Magdalena forman un rosario de montículos de tierra unidos por carreteras y bancos de arena, dispuestos sobre un mismo eje. Entry Island  es un lugar en el que hace frío y nieva y que cuando la bahía se congela (cosa que sucede a menudo), el ferry no puede navegar y los isleños quedan aislados durante períodos largos. En la isla los días son oscuros e interminables, el viento eterno y cuando llega la primavera hay que preparar el barco para salir a pescar. La temporada de la langosta en Entry Island es corta, sólo dura dos meses. Las jornadas son largas y duras y también peligrosas. Durante ese tiempo hay que atesorar el dinero suficiente para pasar el invierno.

Sin embargo un isleño, un pescador con suerte, el empresario James Cowell, se ha sobrepuesto a todo eso y se ha hecho rico con el comercio de la langosta. Cowell es asesinado al comenzar la historia y el detective Sime Mackenzie y otros siete compañeros se desplazan a la isla para resolver el crimen. La principal sospechosa es Kirsty Cowell, la esposa del magnate, condenada por una obsesión enfermiza a vivir recluida en el pequeño montículo desde su casamiento. Su esposo, era todo lo contario. A Cowell le gustaban los coches de lujo y los aviones, las casas grandes y los restaurantes caros. Y también, las mujeres hermosas y predispuestas. Cowell era un indeseable y los candidatos a asesino son numerosos.
En Entry Island convergen dos historias. Por un lado, Peter May relata la vida solitaria y miserable del inspector de policía Sime Mackenzie, quien se siente un extraño en el equipo investigador y que ha sido reclutado en el último momento debido a su conocimiento del inglés para entrevistar a la principal sospechosa del asesinato. El traslado a Entry Island se le antoja saludable a Mackenzie después del estado depresivo en que ha caído tras su separación matrimonial, una condición que le ha generado un insomnio perenne. Por desgracia, su ilusión se desvanece en cuanto pone los pies en la isla y se da de frente con su ex mujer, una analista forense y miembro de la misión de investigación, que le colma de reproches y le hace responsable del divorcio. Los problemas en la isla comienzan cuando Mackenzie se obsesiona con la señora Cowell y pone en duda su culpabilidad. Defenderla, sin embargo, le planteará un espinoso conflicto moral.
De forma paralela, May nos cuenta la vida de un antepasado de Mackenzie –el Sime Mackenzie del siglo XIX-, un humano marcado por el dolor, la pérdida y la vida miserable. Un individuo explotado en su Escocia natal por los indeseables terratenientes llegados del sur, impuestos por Inglaterra. Embarcado en un proceso de “limpieza”, generado por un cambio en el sistema agrícola del Reino Unido, que llegó a la conclusión que era más rentable tener ovejas que personas, este pobre infeliz, víctima ya del “hambre de la patata”, es separado de su familia y expulsado, sin ninguna protección legal y de manera brutal, de sus tierras, unas tierras que apenas dan para vivir dignamente. Por las páginas de Entry Island desfila la historia de su vida. La historia del nacimiento de su hermana, del rescate de Ciorstaidh –la Kirsty del XIX-, de la muerte de su padre, de la evacuación de Baile Mhanais, del terrorífico viaje a través del Atlántico y de la pesadilla que supuso el encierro en los lazaretos de Grosse Île. Es éste un episodio vergonzoso y frecuentemente pasado por alto en la historia británica.
Las peripecias del antepasado de Mackenzie rememoran las novelas de aventuras, aquellas narraciones de los colonos del Nuevo Mundo y sus inextricables viajes en busca de la tierra prometida. Pero lo más interesante es el papel que esta historia juega en la investigación del asesinato de Entry Island. Mackenzie es consciente que la solución al misterio está en los diarios que su abuela le leía de niño, aquellos que narraban las vicisitudes de su predecesor (en este caso, su tatarabuelo). Y no duda en recurrir a ellos. Llega, pues, el momento de leerlos. Llega, pues, el momento de unir las dos historias, un hecho que May resuelve con acierto gracias a su imaginación y maestría.

Peter May describe en Entry Island unos paisajes vívidos y a menudo poéticos. Así, para el escritor, «el cielo de la isla presenta unos tonos de color añil en el que las estrellas brillan como si fueran joyas engarzadas en ébano». También deja constancia May de la claustrofóbica vida que llevan los habitantes de la isla. Sí, «...esta vida es muy jodida tío. Uno se pasa los inviernos aquí encerrado, meses enteros sin nada mejor que hacer que oír cotorrear a las mujeres hasta que te hacen papilla los oídos. Es para volverse loco. Hace frío y nieva. Siempre está oscuro, y a veces los días se hacen interminables, sobre todo cuando el ferry no viene porque la bahía se ha helado o porque hay temporal.» Y qué decir del estremecedor poder de los elementos: «El viento había alcanzado una intensidad que empezaba a parecerse a la de un temporal. Las contraventanas tableteaban y las tejas de la cubierta del tejado se levantaban sin parar. Había casi tanto ruido dentro como fuera de la casa. Seguía cayendo la lluvia, formando oleadas y remolinos de agua, y aquello no era más que una avanzadilla. El cuerpo principal de la tormenta era visible allá en el mar, se alzaba en una niebla negra que se acercaba implacable hacia la isla.»

Entry Island es una novela negra que transita sin problemas por los territorios de la novela histórica e incluso romántica, un canto a la belleza de los paisajes extremos, una historia de gente que sufre y de gente que le busca sentido a la vida. Se hacen patentes en sus páginas temas ya clásicos como la pérdida, el amor imposible, las raíces perdidas, los odios ancestrales entre familias, el bilingüismo y las injusticias sociales, todo dentro de una atmósfera envolvente y una trama refinada y precisa. Entry Island es, más allá de una novela negra, un canto a la lucha por la vida y la dignidad.
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sábado, 29 de julio de 2017

A QUÉ ESPERAN LOS MONOS... (Yasmina Khadra)

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A QUÉ ESPERAN LOS MONOS... Qu´attendent les singes"
Yasmina Khadra
TRADUCCIÓN: Wenceslao Carlos Lozano
ALIANZA EDITORIAL, S. A.
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Después de una sangrienta guerra de liberación que duró ocho años, el 18 de marzo de 1962 el gobierno francés y el FLN –Frente de Liberación Nacional- firman los acuerdos de Evian por los que se establece un alto el fuego y se fija la convocatoria de un referéndum de autodeterminación. Argelia obtiene su independencia el 5 de julio de ese mismo año.

«¡Ah! Argelia, Argelia... Sus santos patronos se han dado de baja y se ocultan tras sus propias sombras con un dedo en los labios para suplicar a sus fieles que finjan estar muertos; en cuanto a sus estruendosos himnos, los silenció el alboroto de una juventud en dique seco que solo sabe entretener su ociosidad en espera de que un estallido de ira encienda la calle y así poder saquear tiendas e incendiar edificios públicos.» Estas son las desgarradoras palabras con las que Yasmina Khadra describe a la sociedad argelina -«blanca como una mente en blanco»- cincuenta años después de su independencia, una sociedad que se debate  entre unos políticos que elaboran sus propias leyes y un pueblo que ha permanecido somnoliento durante demasiado tiempo.

«A qué esperan los monos» va más allá de ser una buena novela negra que mantiene el suspense hasta el final. Es un análisis de la Argelia actual, un país no estructurado, sometido al poder de los «rboba», los dinosaurios de la República, los «mandamases en la sombra», unos dioses que nunca duermen, aquellos que perdonan los pecados pero no la insolencia, unos individuos que odian a los desertores y que cuando montan en cólera eclipsan truenos y centellas. Estos personajes encubiertos, estos padres de la patria, conforman un círculo cerrado, un laberinto peligroso para los no iniciados. Son inmortales. «Cualquier lacayo de las altas esferas puede certificar con pruebas que el abrazo de un rboba es tan mortal como la mordedura de diez cobras.»

Una muchacha joven y atractiva, cuidadosamente maquillada y con aspecto de recién casada, es encontrada muerta en el silencio del bosque de Bainem, a las afueras de Argel. Tiene cortaduras y arañazos más o menos superficiales en los hombros, la espalda y los muslos. Su rodilla izquierda se encuentra totalmente desollada. La pierna derecha la tiene partida en dos a la altura de la tibia, con fractura abierta. Y además presenta un seno arrancado. Todo apunta pues a un extraño ritual.

La comisaria Nora Bilal es una mujer de fuertes convicciones, entrada en los cincuenta y que aún sigue siendo guapa y hasta deseable. En la unidad que dirige desde hace más de dos años formada por obsesos sexuales suscita tanta desconfianza como fantasmagoría. En Argelia, una sociedad falocéntrica, ser mujer y dirigir a hombres es un castigo bíblico. ¡Cuántas veces no ha descubierto Nora a un subalterno con el ojo puesto en su trasero! ¡Cuántas su opulento pecho no ha atraído la mirada de sus colegas! No hay quien pueda con la naturaleza. Determinadas patologías no tienen cura. En Argelia el machismo es tan duro como un caparazón y tan apretado como una camisa de fuerza. 

En la actualidad  Nora es lesbiana y vive con una drogadicta marginal a quien trata de reconducir. Este aspecto de la personalidad de la comisaria no fue elegido por casualidad por el autor. Con él trata de resaltar la misoginia de la sociedad  contra la mujer libre en un país que mata impunemente. Un país donde hay gentes que están por encima de la ley, que viven en la iniquidad total siendo consciente de ello, lo cual los vuelve aún más insolentes.

Yasmina Khadra no se contenta con denunciar la corrupción generalizada que afecta a Argelia. Su novela demuestra que la trágica situación del país no es solo culpa de los malvados, ni siquiera de los extranjeros con paranoia postcolonial. Todo se resume en esa frase que cuestiona qué esperan los monos para convertirse en hombres. Unos monos indefensos ante el terror que siembran los «rboba». La gangrena de Argelia no sólo emana de estos personajes en la sombra a quienes se les permite todo, estos mandamases con derecho sobre la vida y la muerte que llegan al extremo de jugar cada año con la carne de una joven virgen para satisfacer así una fiesta de cumpleaños, sino de toda la corrupción y el terror que les acompaña. Es ésta una hermosa novela sobre la lógica de la impotencia.

Como no podía ser menos, llega un momento en que el mono se convierte en hombre y empieza a renunciar a los beneficios de su colaboración con los todopoderosos. «¡Basta! ¡Ya está bien de aplazar indefinidamente lo que se debió hacer hace tiempo!» El desbordamiento, la rabia, la necesidad de venganza, la búsqueda de justificación a una vida sin sentido y sobre todo la obligación de recuperar su dignidad, terminará por abrirle los ojos al pueblo. Y es entonces cuando el «rboba» empieza a comprender que no es tan poderoso como creía. «No entiendo cómo se ha podido colar en el cercado. Creía que mis cuadras, mis establos, mis fortalezas estaban debidamente custodiadas, y ahora resulta que el lobo está dentro de casa. Aparto una cortina, miro bajo la cama, en  mi caja fuerte, y allí está el lobo provocándome. Ignoro cómo ha podido tener acceso a mis códigos, pero ha conseguido sortear mis trampas y forzar mis cerraduras con una audacia y una facilidad desconcertantes.»

Mientras Yasmina Khadra mantiene la tensión en la investigación criminal, dispara impunemente a quemarropa, no contra el mundo de los políticos sombríos, sino contra la prensa argelina y la corrupción que gangrena sus editoriales debido a una relación demasiado larga en el tiempo con los tomadores de decisiones estatales que han olvidado su vulnerabilidad.

El libro tiene una conclusión y un post-end. El colofón es hermoso, tanto como puedan llegar a significarlo las palabras del periodista olvidado: «Lo siento. Te ruego que me perdones. Sé que me vas a echar de menos, pero entiende que estoy cansado de esperar lo que no volverá a ser.» Este desencanto contrasta con la cantidad de gente presente en su funeral, una multitud aparecida como por ensalmo para reavivar juramentos incumplidos, una gente carente de todo pero que en momentos así se entrega sin reservas, una multitud que ha aprendido a solidarizarse sin alcanzar a reconocerse en la oscuridad a la que la ha tenido sometida el poderoso. Es ésta una demostración de que Argelia es una nación admirable, a la que ni los abusos ni las desilusiones han conseguido desalmar.

El duelo final entre los dos personajes sobrevivientes, un hombre legítimo y un gobernante ilegítimo, es una carta de despedida que recuerda a los todopoderosos de Argelia que la evolución del hombre es ineludible y que la naturaleza siempre gana y la muerte también. Todo se reduce a... llegar a ser humanos. 
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