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lunes, 21 de agosto de 2017

EL NIÑO 44. (Tom Rob Smith)

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EL NIÑO 44 (Child 44)
Tom Rob Smith
TRADUCCIÓN: Mónica Rubio
EDICIONES SALAMANDRA, S. A.
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La acción de «El niño 44» se sitúa en la Unión Soviética en los meses anteriores e inmediatamente posteriores a la muerte del dictador Iósif Stalin. La trama gira en torno a un asesino que posee impunidad para matar porque el sistema soviético no es capaz de admitir problemas sociales propios del capitalismo tales como el asesinato o la prostitución. A pesar de poseer una omnipresente policía secreta que sabe todo de todos, los soviéticos no están preparados para manejar a un asesino en serie. Un rosario de niños son asesinados y mutilados en todo el país, pero las autoridades locales no se atreven a reconocer los hechos como asesinatos, por lo que no hay forma de que las autoridades centrales tomen consciencia de lo que está ocurriendo. Los asesinatos son tratados como actos propios de desviados, homosexuales o personas mentalmente retrasadas, nunca de ciudadanos soviéticos de a pie.

Todo comienza cuando el cadáver de un niño de cuatro años, atropellado por un tren, es hallado en las vías a las afueras de Moscú. El padre del fallecido, miembro de la Policía de Seguridad del Estado, aventura la posibilidad de que la muerte de su hijo pueda no haber sido tan accidental como sugiere el informe oficial. Leo Stepánovich Demídov, héroe de guerra y prometedor  miembro del Departamento de Seguridad del Estado,  sostiene ante la familia del fallecido la imposibilidad de tal situación porque en la Rusia comunista, simple y llanamente, este tipo de crimen no existe. Sólo se conciben ataques por parte del corrupto mundo exterior. Las cosas se complican para Demídov cuando un rival despiadado afirma que su esposa, de  quien el propio marido sospecha que le es infiel, ha sido mencionada como contacto en la confesión de un sospechoso de espionaje. En el clima paranoico de la época, ésto significa la muerte. Y por ese camino parecen conducirse los hechos cuando Demídov se ve obligado a espiar a su esposa por supuesta traición a la patria. Demídov rechaza la evidencia de que un asesino tenga derecho a la libertad. Sólo cuando él mismo se convierte en víctima de una lucha burocrática intensa comienza a caérsele la venda de los ojos y su esposa y sus padres se ven atrapados en una pesadilla. Ni sus condecoraciones ni su excelente hoja de servicios le sirven para evitar ser degradado y expulsado de Moscú.

Desafortunadamente el héroe de Smith, Leo Demídov, no es un espía glamuroso sino un espía secreto stalinista. Miembro del Departamento de Seguridad del Estado, como ya se ha dicho, Leo Demídov cree ciegamente en la propaganda oficial de su país, según la cual la Unión Soviética es el paraíso de la igualdad y la fraternidad sobre la Tierra, una alianza de ciudadanos libres y trabajadores prósperos a los que hay que defender de sus enemigos con todos los medios imaginables, incluyendo la delación, la represión, la tortura y la muerte. El trabajo de este personaje consiste en detener, interrogar y torturar a aquellos que piensan y actúan fuera de la sincronía del estatus establecido.

Smith utiliza su historia de detectives para explorar las realidades de la vida de la Unión Soviética, tanto en el período estalinista como en las décadas posteriores. Queda claro en las páginas de la novela cómo el silencio y el miedo devienen en ignorancia, una ignorancia que genera incapacidad para reconocer  la verdad que corroe la fibra de todo ser humano. El amor queda deslustrado por el miedo. Demídov toma consciencia de que su esposa se casó con él por temor: «Me casé contigo porque tenía miedo. Temía que si rechazaba tus proposiciones me arrestaran, quizás no de manera inmediata, pero sí en algún momento, con cualquier pretexto. Yo era joven, Leo, y tú eras poderoso. Por eso nos casamos.» Y también que su padre, ante el temor de perder sus privilegios con el Estado, le aconseja que entregue a su esposa: «La verdad es que quiero que mi mujer viva. Quiero que mi hijo viva. Y yo quiero vivir. Haría cualquier cosa para que así fuera. Según lo veo, es una vida a cambio de tres. Lo siento.»

«El niño 44» está inspirado en la historia real de Andrei Chikatilo –el carnicero de Rostov- que entre 1978 y 1990 asesinó y mutiló al menos a 52 mujeres y niños en Rusia, Ucrania y Uzbekistán, territorios que formaban parte de la Unión Soviética por aquel entonces. «El niño 44» traslada a ese monstruoso personaje a la Rusia de 1953 y a todo lo que implicaba la dictadura absoluta de Stalin. O sea, las purgas no sólo de los disidentes sino de cualquiera que cayera en desgracia o le tocara la lotería, la censura despiadada de todo aquél que se atreviera a dudar que la Unión Soviética era la encarnación del paraíso en la Tierra, el dogmatismo como norma, la sumisión absoluta como fórmula de supervivencia, la impunidad del sádico y del corrupto si estaban arropados por el sistema. En esos entonces el crimen era atribuido al capitalismo y el asesinato considerado una «enfermedad capitalista». En el estado comunista de la Unión Soviética el crimen no tenía razón de ser, pues todas las personas eran iguales y tenían sus necesidades satisfechas.

La atmósfera, azotada por el viento, que se respira en las páginas de «El niño 44» es visualmente atractiva, con interminables paisajes nevados y aguas heladas reflejo de corazones y mentes congelados por el miedo y la paranoia, en uno de los peores períodos de la historia rusa. Las escenas dramáticas son profusas y tensas. Smith declaró en su momento: «Siempre me han interesado los daños colaterales, por así decirlo; es decir lo que sucede a los márgenes de la narración. Me gustaba la idea de explorar la colisión entre la investigación policial y la cultura del régimen, y el impacto que eso tenía en los protagonistas, más que la propia historia del asesino.» Pero «El niño 44» es algo más que eso. La novela representa con éxito todo lo que puede llegar a ser un régimen represivo. Si podemos cuestionar el cuadro que éste nos pinta, es porque la verdad fue mucho más cruda. Los rusos ordinarios, especialmente los que vivían lejos de Moscú, amaban a Stalin y creían en su paternalismo. Incluso hoy hay muchos que anhelan aquellos tiempos. Pero eso no importa, «El niño 44» no es una lección de historia, solamente es una pieza de ficción. 
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martes, 8 de agosto de 2017

ENTRY ISLAND. (Peter May)

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ENTRY ISLAND (Entry Island)
Peter May
TRADUCCIÓN: Cristina Martín Sanz
EDICIONES SALAMANDRA, S. A.
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«Entry Island se divisaba allá a lo lejos en el otro extremo de la bahía, iluminada por un sol que tan sólo en ese momento se elevaba por encima de un puñado de oscuras nubes matinales. Aquel trozo de tierra atrajo su atención, y ya no dejó de contemplarlo, así como si estuviera en trance, mientras el sol le enviaba sus rayos y creaba algo semejante a una aureola alrededor de la isla. Tenía algo mágico. Casi místico.» Así es Entry Island, situada a 1.367 kilómetros de Montreal, en las islas de la Magdalena, en el golfo de San Lorenzo. Las islas de la Magdalena forman un rosario de montículos de tierra unidos por carreteras y bancos de arena, dispuestos sobre un mismo eje. Entry Island  es un lugar en el que hace frío y nieva y que cuando la bahía se congela (cosa que sucede a menudo), el ferry no puede navegar y los isleños quedan aislados durante períodos largos. En la isla los días son oscuros e interminables, el viento eterno y cuando llega la primavera hay que preparar el barco para salir a pescar. La temporada de la langosta en Entry Island es corta, sólo dura dos meses. Las jornadas son largas y duras y también peligrosas. Durante ese tiempo hay que atesorar el dinero suficiente para pasar el invierno.

Sin embargo un isleño, un pescador con suerte, el empresario James Cowell, se ha sobrepuesto a todo eso y se ha hecho rico con el comercio de la langosta. Cowell es asesinado al comenzar la historia y el detective Sime Mackenzie y otros siete compañeros se desplazan a la isla para resolver el crimen. La principal sospechosa es Kirsty Cowell, la esposa del magnate, condenada por una obsesión enfermiza a vivir recluida en el pequeño montículo desde su casamiento. Su esposo, era todo lo contario. A Cowell le gustaban los coches de lujo y los aviones, las casas grandes y los restaurantes caros. Y también, las mujeres hermosas y predispuestas. Cowell era un indeseable y los candidatos a asesino son numerosos.
En Entry Island convergen dos historias. Por un lado, Peter May relata la vida solitaria y miserable del inspector de policía Sime Mackenzie, quien se siente un extraño en el equipo investigador y que ha sido reclutado en el último momento debido a su conocimiento del inglés para entrevistar a la principal sospechosa del asesinato. El traslado a Entry Island se le antoja saludable a Mackenzie después del estado depresivo en que ha caído tras su separación matrimonial, una condición que le ha generado un insomnio perenne. Por desgracia, su ilusión se desvanece en cuanto pone los pies en la isla y se da de frente con su ex mujer, una analista forense y miembro de la misión de investigación, que le colma de reproches y le hace responsable del divorcio. Los problemas en la isla comienzan cuando Mackenzie se obsesiona con la señora Cowell y pone en duda su culpabilidad. Defenderla, sin embargo, le planteará un espinoso conflicto moral.
De forma paralela, May nos cuenta la vida de un antepasado de Mackenzie –el Sime Mackenzie del siglo XIX-, un humano marcado por el dolor, la pérdida y la vida miserable. Un individuo explotado en su Escocia natal por los indeseables terratenientes llegados del sur, impuestos por Inglaterra. Embarcado en un proceso de “limpieza”, generado por un cambio en el sistema agrícola del Reino Unido, que llegó a la conclusión que era más rentable tener ovejas que personas, este pobre infeliz, víctima ya del “hambre de la patata”, es separado de su familia y expulsado, sin ninguna protección legal y de manera brutal, de sus tierras, unas tierras que apenas dan para vivir dignamente. Por las páginas de Entry Island desfila la historia de su vida. La historia del nacimiento de su hermana, del rescate de Ciorstaidh –la Kirsty del XIX-, de la muerte de su padre, de la evacuación de Baile Mhanais, del terrorífico viaje a través del Atlántico y de la pesadilla que supuso el encierro en los lazaretos de Grosse Île. Es éste un episodio vergonzoso y frecuentemente pasado por alto en la historia británica.
Las peripecias del antepasado de Mackenzie rememoran las novelas de aventuras, aquellas narraciones de los colonos del Nuevo Mundo y sus inextricables viajes en busca de la tierra prometida. Pero lo más interesante es el papel que esta historia juega en la investigación del asesinato de Entry Island. Mackenzie es consciente que la solución al misterio está en los diarios que su abuela le leía de niño, aquellos que narraban las vicisitudes de su predecesor (en este caso, su tatarabuelo). Y no duda en recurrir a ellos. Llega, pues, el momento de leerlos. Llega, pues, el momento de unir las dos historias, un hecho que May resuelve con acierto gracias a su imaginación y maestría.

Peter May describe en Entry Island unos paisajes vívidos y a menudo poéticos. Así, para el escritor, «el cielo de la isla presenta unos tonos de color añil en el que las estrellas brillan como si fueran joyas engarzadas en ébano». También deja constancia May de la claustrofóbica vida que llevan los habitantes de la isla. Sí, «...esta vida es muy jodida tío. Uno se pasa los inviernos aquí encerrado, meses enteros sin nada mejor que hacer que oír cotorrear a las mujeres hasta que te hacen papilla los oídos. Es para volverse loco. Hace frío y nieva. Siempre está oscuro, y a veces los días se hacen interminables, sobre todo cuando el ferry no viene porque la bahía se ha helado o porque hay temporal.» Y qué decir del estremecedor poder de los elementos: «El viento había alcanzado una intensidad que empezaba a parecerse a la de un temporal. Las contraventanas tableteaban y las tejas de la cubierta del tejado se levantaban sin parar. Había casi tanto ruido dentro como fuera de la casa. Seguía cayendo la lluvia, formando oleadas y remolinos de agua, y aquello no era más que una avanzadilla. El cuerpo principal de la tormenta era visible allá en el mar, se alzaba en una niebla negra que se acercaba implacable hacia la isla.»

Entry Island es una novela negra que transita sin problemas por los territorios de la novela histórica e incluso romántica, un canto a la belleza de los paisajes extremos, una historia de gente que sufre y de gente que le busca sentido a la vida. Se hacen patentes en sus páginas temas ya clásicos como la pérdida, el amor imposible, las raíces perdidas, los odios ancestrales entre familias, el bilingüismo y las injusticias sociales, todo dentro de una atmósfera envolvente y una trama refinada y precisa. Entry Island es, más allá de una novela negra, un canto a la lucha por la vida y la dignidad.
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sábado, 29 de julio de 2017

A QUÉ ESPERAN LOS MONOS... (Yasmina Khadra)

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A QUÉ ESPERAN LOS MONOS... Qu´attendent les singes"
Yasmina Khadra
TRADUCCIÓN: Wenceslao Carlos Lozano
ALIANZA EDITORIAL, S. A.
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Después de una sangrienta guerra de liberación que duró ocho años, el 18 de marzo de 1962 el gobierno francés y el FLN –Frente de Liberación Nacional- firman los acuerdos de Evian por los que se establece un alto el fuego y se fija la convocatoria de un referéndum de autodeterminación. Argelia obtiene su independencia el 5 de julio de ese mismo año.

«¡Ah! Argelia, Argelia... Sus santos patronos se han dado de baja y se ocultan tras sus propias sombras con un dedo en los labios para suplicar a sus fieles que finjan estar muertos; en cuanto a sus estruendosos himnos, los silenció el alboroto de una juventud en dique seco que solo sabe entretener su ociosidad en espera de que un estallido de ira encienda la calle y así poder saquear tiendas e incendiar edificios públicos.» Estas son las desgarradoras palabras con las que Yasmina Khadra describe a la sociedad argelina -«blanca como una mente en blanco»- cincuenta años después de su independencia, una sociedad que se debate  entre unos políticos que elaboran sus propias leyes y un pueblo que ha permanecido somnoliento durante demasiado tiempo.

«A qué esperan los monos» va más allá de ser una buena novela negra que mantiene el suspense hasta el final. Es un análisis de la Argelia actual, un país no estructurado, sometido al poder de los «rboba», los dinosaurios de la República, los «mandamases en la sombra», unos dioses que nunca duermen, aquellos que perdonan los pecados pero no la insolencia, unos individuos que odian a los desertores y que cuando montan en cólera eclipsan truenos y centellas. Estos personajes encubiertos, estos padres de la patria, conforman un círculo cerrado, un laberinto peligroso para los no iniciados. Son inmortales. «Cualquier lacayo de las altas esferas puede certificar con pruebas que el abrazo de un rboba es tan mortal como la mordedura de diez cobras.»

Una muchacha joven y atractiva, cuidadosamente maquillada y con aspecto de recién casada, es encontrada muerta en el silencio del bosque de Bainem, a las afueras de Argel. Tiene cortaduras y arañazos más o menos superficiales en los hombros, la espalda y los muslos. Su rodilla izquierda se encuentra totalmente desollada. La pierna derecha la tiene partida en dos a la altura de la tibia, con fractura abierta. Y además presenta un seno arrancado. Todo apunta pues a un extraño ritual.

La comisaria Nora Bilal es una mujer de fuertes convicciones, entrada en los cincuenta y que aún sigue siendo guapa y hasta deseable. En la unidad que dirige desde hace más de dos años formada por obsesos sexuales suscita tanta desconfianza como fantasmagoría. En Argelia, una sociedad falocéntrica, ser mujer y dirigir a hombres es un castigo bíblico. ¡Cuántas veces no ha descubierto Nora a un subalterno con el ojo puesto en su trasero! ¡Cuántas su opulento pecho no ha atraído la mirada de sus colegas! No hay quien pueda con la naturaleza. Determinadas patologías no tienen cura. En Argelia el machismo es tan duro como un caparazón y tan apretado como una camisa de fuerza. 

En la actualidad  Nora es lesbiana y vive con una drogadicta marginal a quien trata de reconducir. Este aspecto de la personalidad de la comisaria no fue elegido por casualidad por el autor. Con él trata de resaltar la misoginia de la sociedad  contra la mujer libre en un país que mata impunemente. Un país donde hay gentes que están por encima de la ley, que viven en la iniquidad total siendo consciente de ello, lo cual los vuelve aún más insolentes.

Yasmina Khadra no se contenta con denunciar la corrupción generalizada que afecta a Argelia. Su novela demuestra que la trágica situación del país no es solo culpa de los malvados, ni siquiera de los extranjeros con paranoia postcolonial. Todo se resume en esa frase que cuestiona qué esperan los monos para convertirse en hombres. Unos monos indefensos ante el terror que siembran los «rboba». La gangrena de Argelia no sólo emana de estos personajes en la sombra a quienes se les permite todo, estos mandamases con derecho sobre la vida y la muerte que llegan al extremo de jugar cada año con la carne de una joven virgen para satisfacer así una fiesta de cumpleaños, sino de toda la corrupción y el terror que les acompaña. Es ésta una hermosa novela sobre la lógica de la impotencia.

Como no podía ser menos, llega un momento en que el mono se convierte en hombre y empieza a renunciar a los beneficios de su colaboración con los todopoderosos. «¡Basta! ¡Ya está bien de aplazar indefinidamente lo que se debió hacer hace tiempo!» El desbordamiento, la rabia, la necesidad de venganza, la búsqueda de justificación a una vida sin sentido y sobre todo la obligación de recuperar su dignidad, terminará por abrirle los ojos al pueblo. Y es entonces cuando el «rboba» empieza a comprender que no es tan poderoso como creía. «No entiendo cómo se ha podido colar en el cercado. Creía que mis cuadras, mis establos, mis fortalezas estaban debidamente custodiadas, y ahora resulta que el lobo está dentro de casa. Aparto una cortina, miro bajo la cama, en  mi caja fuerte, y allí está el lobo provocándome. Ignoro cómo ha podido tener acceso a mis códigos, pero ha conseguido sortear mis trampas y forzar mis cerraduras con una audacia y una facilidad desconcertantes.»

Mientras Yasmina Khadra mantiene la tensión en la investigación criminal, dispara impunemente a quemarropa, no contra el mundo de los políticos sombríos, sino contra la prensa argelina y la corrupción que gangrena sus editoriales debido a una relación demasiado larga en el tiempo con los tomadores de decisiones estatales que han olvidado su vulnerabilidad.

El libro tiene una conclusión y un post-end. El colofón es hermoso, tanto como puedan llegar a significarlo las palabras del periodista olvidado: «Lo siento. Te ruego que me perdones. Sé que me vas a echar de menos, pero entiende que estoy cansado de esperar lo que no volverá a ser.» Este desencanto contrasta con la cantidad de gente presente en su funeral, una multitud aparecida como por ensalmo para reavivar juramentos incumplidos, una gente carente de todo pero que en momentos así se entrega sin reservas, una multitud que ha aprendido a solidarizarse sin alcanzar a reconocerse en la oscuridad a la que la ha tenido sometida el poderoso. Es ésta una demostración de que Argelia es una nación admirable, a la que ni los abusos ni las desilusiones han conseguido desalmar.

El duelo final entre los dos personajes sobrevivientes, un hombre legítimo y un gobernante ilegítimo, es una carta de despedida que recuerda a los todopoderosos de Argelia que la evolución del hombre es ineludible y que la naturaleza siempre gana y la muerte también. Todo se reduce a... llegar a ser humanos. 
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martes, 18 de julio de 2017

FANTASMA. (Jo Nesbø)

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FANTASMA (Gjenferd)
Jo Nesbø
TRADUCCIÓN: Carmen Montes Cano y Ada Elizabeth Berntsen
PENGUIN RANDOM HOUSE GRUPO EDITORAIL, S. A. U.
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Harry Hole regresa a Oslo en calidad de hijo pródigo. Procede de Hong Kong donde ha pasado los últimos años sobrio y luchando contra sus propios demonios. Baja del tren del aeropuerto en la estación central de Oslo. Lleva una maleta pequeña de lona, casi ridícula, y sale de la estación con pasos rápidos y ágiles. Hole se pasa su dedo protésico de titanio Made in Hong Kong a lo largo de la cicatriz que le recorre la cara desde la boca a la oreja. Han pasado tres años desde la última vez que estuvo allí, tres años desde que lo expulsaron de la policía, tres años desde que dejó la bebida. Nada ha cambiado en la ciudad del hielo. -¿Hachis? -¿Speed? -¿Violin?, le ofertan por las calles de Oslo. Ahora menos que nunca. Sin embargo, al final del libro, Hole se ha hecho acreedor a más cicatrices, tanto físicas como mentales.

Cada centímetro de su cuerpo le duele con el dolor insoportable del inconformista. El caso que se le presenta ahora es peor que cualquiera de los que ha vivido anteriormente. Es una cuestión personal. Oleg Falke, el hijo de Rakel, la que fuera el gran amor de su vida, está en prisión después de haber sido acusado de dar muerte a Gusto Hanssen, un joven de diecinueve años  adicto a la heroína. Hole no está convencido de la culpabilidad de Falke y se propone encontrar al verdadero culpable. Aun siendo advertido por sus antiguos colegas que se mantenga alejado del caso, Hole no se contenta con llevar una actitud ociosa e inicia su propia investigación, investigación que lo lleva a las sombrías profundidades del mundo de la droga y la prostitución.

Un desconocido está inundando la ciudad con un nuevo opiáceo de nombre “violín” (nombre curioso éste para tratarse de un narcótico), un alucinógeno sintético seis veces más potente que la heroína  que causa estragos entre la población de drogadictos de Oslo. Su control y distribución son dirigidos por un misterioso gánster ruso conocido como Dubái. Una figura sombría que se esconde detrás de toda la acción de «Fantasma» y a quien, probablemente, ésta debe el título.

El telón de fondo de «Fantasma» está empapado de diferentes narraciones, algunas de las cuales tienen más consistencia que otras. Los recuerdos en primera persona de Gusto Hanssen, destinados a llenar espacios en blanco, están bien pensados y encajan en la propia historia de Hole. Sin embargo hay dos sujetos que se involucran desde un principio en la trama y que luego desaparecen, sujetos que tratan de aportar sentido a la personalidad de Dubái. Uno responde a un esbirro ruso, un luchador de nombre Serguéi Ivanov y otro a un narcotraficante noruego, piloto de una línea aérea, el comandante Schultz. Lo único que une a ambos personajes son los números de teléfono de unos móviles sin registrar. Sin embargo ambos están a las órdenes del capo Dubái.

Serguéi Ivanov no está convencido de poseer lo que se necesita para ser sicario de Dubái. La misión que le han encargado –eliminar a Hole- no se presenta nada fácil. Cuando Hole nota la presión de la hoja del cuchillo de Ivanov sobre su garganta tantea la barra del bar con su mano libre, derrama su copa y encuentra un sacacorchos. Coge la empuñadura de forma que la punta asome entre los dedos índice y corazón. Es ésta -la punta del sacacorchos- quien perfora la piel a Ivanov y se desliza a través de su carne. Es así como le alcanza la tráquea y cuando el tercer latido de su corazón se desvanece por fin, Serguéi Ivanov está muerto.

Schultz es el encargado de sacar la droga de Oslo por orden de Dubái, envuelta en los oscuros herrajes metálicos que rodean el asa extensible de su maleta de ruedas. A Schultz lo terminan cogiendo, pero lo ponen en libertad después de que un quemador con tarjeta de identificación policial cambie la droga por harina de patata. Y tras su puesta en libertad, lo ejecutan en su casa, por miedo a que largue todo lo que sabe. Como personaje de apertura en un thriller, Schultz es consciente que está condenado a sufrir una muerte lenta y agonizante. No ha cubierto el libro la mitad de su recorrido cuando un ladrillo tachonado de clavos le ha arrancado la mitad de la cara. Hole le descubre con la oreja derecha clavada al parquet de su salón y, en la cara, seis cráteres negros y sanguinolentos. El arma del crimen se balancea a la altura de su cabeza. En el otro extremo de una cuerda que cuelga de una viga del techo hay un ladrillo. Del ladrillo sobresalen seis clavos ensangrentados...

Mientras que Hole es sin discusión la fuerza dominante en la narración, Dubái, el «Fantasma», presente en segundo plano, aporta una profundidad sorprendente a la novela. En tanto trata de limitar su nostalgia por los viejos tiempos, Hole se muestra molesto con los nuevos. La arquitectura moderna, simbolizada en el edificio espléndido de la Ópera y el tráfico de drogas a la nueva usanza, más organizado aunque no por ello menos pernicioso y corruptor, han abierto un muro entre los hijos y unos padres ignorantes y bienintencionados. Algo que embellece, según Hole.

«Fantasma» es una narración convencional en tercera persona que acompaña a Hole en un tortuoso viaje en torno a los demonios mentales que atormentan su vida, una vida ésta en la que se intercalan periódicamente recuerdos en primera persona del adicto Hanssen y observaciones sobre otros narcotraficantes. Las divagaciones de Hanssen  proporcionan un medio a Nesbø para explotar temas antiguos de familias rotas, hijos perdidos y padres abandonados. Por las páginas de «Fantasma» desfilan funcionarios corruptos y venales, pero también una policía tan ansiosa por lograr la paz en las calles y mejorar las estadísticas de delincuencia que involuntariamente hace posible la realización de los planes del capo de la droga Dubái.

«Fantasma» también es una aventura intensamente sombría, aquella que cabría esperar de los adictos a la droga en Oslo que se pasan el día tumbados en un arriate de carretera con los ojos cerrados, sentados en cuclillas buscando una vena que no esté rota o de pie con la flojera del yonqui en las rodillas. La atmósfera que Nesbø crea en «Fantasma» es intensamente oscura, aliviada por momentos, eso sí, con chascarrillos humorísticos que incluyen una herida en el cuello de Hole cosida con cinta americana o aquellos otros que hacen referencia a su único traje de lino, cuyas arrugas combate con el vapor del agua de la ducha. Al mismo tiempo «Fantasma» es una lectura convincente con una segunda parte donde la acción crece y donde la historia se vuelve más intensa, con giros y vueltas imprevisibles y una literatura que mantiene la tensión hasta el último momento. 
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sábado, 8 de julio de 2017

LA ÚLTIMA TUMBA. (Alexis Ravelo)

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LA ÚLTIMA TUMBA
 Alexis Ravelo
EDITORIAL EDAF, S. L. U.
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Ya no es algo novedoso asociar el nombre de Alexis Ravelo al de competencia literaria y «La última tumba» es una prueba asaz elocuente. La novela es un ejercicio de consolidación literaria, una demostración palmaria de que el autor ha alcanzado un grado de madurez notable. Ravelo es un escritor que hace literatura más allá del género, un escritor que ha crecido con el tiempo y con cada obra nueva. Un novelista que no decepciona.

Tras bordarlo en «La estrategia del pequinés», una historia callejera ambientada en la isla de Gran Canaria, Ravelo ahora  deslumbra con «La última tumba», una novela que le sirvió en 2013 para hacerse con el XVII Premio Ciudad de Getafe, un galardón más que merecido. Un trofeo que le ha aportado prestigio y que se encuentra muy alejado de cualquier componenda editorial ideada para propiciar la venta posterior del libro.

Adrián Miranda Gil ejerce de drogodependiente y chapero en el momento en que es acusado de la muerte por asesinato de Diego Jiménez Darias -asesor de un importante político regional-, cuyo cadáver es descubierto un lunes de junio de 1988 en el salón, revuelto y desordenado, de su casa de Santa Brígida. Después del juicio celebrado en Las Palmas en 1991, Adrián es condenado a veintinueve años de prisión. En 2011, tras cumplir veinte años entre rejas, Adrián afronta su libertad condicional como un preso modelo, desintoxicado y centrado en la rehabilitación. Cuando lo metieron en el trullo las cosas se compraban con pesetas y se podía fumar en lugares públicos. Hoy hay que calcular en euros y tener en cuenta la prohibición de fumar en cualquier sitio. La ciudad ha cambiado tanto en esos años que algunas cosas le producen miedo. Cuando entró en la prisión de Salto del Negro dejó atrás un mundo y el que se le presenta ante sus ojos ahora no se le parece en nada. Todo es nuevo. Nada ha cambiado.

Cuando Adrián Miranda sale de la cárcel tras cumplir veinte años de condena por un asesinato que no cometió un solo pensamiento  ocupa su mente: la venganza. Adrián busca el quién y el por qué. Lo mejor de la novela -todo sea dicho- es la búsqueda de las respuestas. «Eso sí, antes de cargarme a Felo (porque me lo voy a cargar, eso está claro), hay un por qué importante: por qué me jodió.» Es ésta una búsqueda que Adrián acomete con prudencia. Comienza a trabajar en la tienda de comestibles de su hermano, alquila un piso, no bebe, no se mete en líos, cuida sus pasos y no comete errores. Es meticuloso y calculador. «La cuestión es no apresurarse. Mantener la serenidad. Fingir que me estoy reinsertando, rehabilitando, socializando, estabilizando, equilibrando. Que lo pasado, pasado está, que no quiero volver a meterme en problemas.» Con lo que Adrián no cuenta es con que su acusación y condena no son fruto de un error judicial sino de una conspiración en la que él ha sido elegido como cabeza de turco.

«La última tumba» es, más allá de una deriva sangrienta de los gestos y los pensamientos, una larga confesión, un camino hacia la propia libertad, la de Adrián Miranda Gil, un personaje que, tras pasarse veinte años en la cárcel por un crimen del que es inocente, traslada al papel todo el odio que acumula dentro y la necesidad de llevar a cabo su propia justicia. «Ahora estoy en la calle y puedo ir y venir, pero no soy libre. No lo seré hasta que haga lo que tengo que hacer, que es acabar con ellos.» Surge así una novela, émulo de un diario personal, narrada en primera persona y cargada de pensamientos y monólogos interiores, en la que destaca el pulso narrativo del autor, un pulso que no tiembla a la hora de vivir una muerte o recrear una ejecución.

«La última tumba» palpita en la dualidad errátil entre el bien y el mal, la ficción (lo negro) y la realidad. Ambos mundos tienen mucho en común, la ficción es la cara oculta de la realidad. Así lo reconoce el propio autor cuando declara: «Toda mi obra está dominada por una serie de temas que aparecen, creo, en casi todos mis libros: la diferencia entre realidad y apariencia, la injusticia, la violencia entendida como el Mal absoluto, la presencia de la muerte, la esperanza, la fe. Esos temas aparecen en todas mis novelas y libros de relatos, y se despliegan en diferentes esferas, dependiendo del tipo de texto: la psicológica, la social, la ontológica, la política. Luego hay pequeñas obsesiones, pequeños guiños metaliterarios que aparecen aquí y allá y unen, al azar, unas obras con otras.» Así, el propio Adrián tiene dos caras, encarna dos personalidades: el drogadicto furioso, iracundo y descerebrado que ingresa en la cárcel y el hombre reflexivo que sale de allí veinte años más tarde, desenganchado y estudioso. Los dos se enfrentan interiormente, y los dos exigen venganza. Adrián es un canalla, pero a la vez es inocente. Simula haberse rehabilitado pero en secreto trama su desquite. No sé si Ravelo tuvo en mientes al Lou Ford de Jim Thompson y su tozuda migraña a la hora de crear su personaje pero ambos tienen mucho en común. Ambos, bajo una apariencia afable, esconden un asesino en lactancia.

El ejercicio del autor de contraponer dos mundos, el acaudalado, el rico, el de la prosapia social frente al de los pobres y desprotegidos no hace más que confirmar las palabras del propio autor. Ravelo define a los linajes de manera muy gráfica: «Willy era éso: el puente que prolongaba el maridaje entre los viejos zánganos y los nuevos poderosos; el ejemplo viviente de que las castas de la opresión se prolongan solamente si son capaces de inventar nuevos mecanismos de control del poder, cada vez más sutiles, más ocultos. De vez en cuando, para fingir que el sistema es justo, que funciona, que tiene sus garantías y es democrático, trincan a alguno de ellos con las manos pringadas, normalmente por la denuncia de otro que es de su mismo palo; pero la Ley siempre es más lenta, más torpe y está menos interesada en llevar al talego a estos hijos de la gran puta que a los cuatro miserables que sobreviven a base de vender mandanga o dar tirones.»

«La última tumba» es una novela adictiva y realista, dura y tierna a la vez, que presume de un ritmo trepidante y unos personajes bien construidos y, ¿cómo no?, es fresca, con esa frescura que aporta el empleo del lenguaje canario manejado con gran maestría por el autor. No soy quien para recomendar una novela (cada cual soporta sus gustos con su propio estoicismo) pero, de seguro, los que se aventuren a abrir las puertas de «La última tumba» no se van a arrepentir. Debo confesar que es ésta una «recomendación con truco», no es aleatoria. Estoy convencido que aquellos que se atrevan a introducir la nariz en sus páginas van a disfrutarla tanto como lo he hecho yo.
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sábado, 1 de julio de 2017

TRES FUNERALES PARA ELADIO MONROY. (Alexis Ravelo)

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TRES FUNERALES PARA ELADIO MONROY
Alexis Ravelo
ANROART EDICIONES
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Durante la última década, al tiempo que Eladio Monroy se ha abierto un hueco en el mundo noir, el prestigio de Alexis Ravelo ha crecido en paralelo. Y es que su obra no ha pasado desapercibida para el gran público. No es cuestión baladí el hecho de haber recibido el elogio crítico de autores ya consolidados y ser considerado hoy como uno de los narradores canarios más prometedores de su generación. Sus méritos están ahí: en 2013 se hizo con el XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe por «La última tumba» y en 2014 con el XXVII Dashiell Hammett de Gijón por «La estrategia del pequinés», dos de los más afamados galardones del género concedidos en España.

Cada día, a media mañana, el tuerto Casimiro, ya calvo y entrado en años, abre las puertas de su bar Casablanca en León y Castillo y comienza a recibir a los habituales. Casimiro es un barman para todo: dependiente, cocinero, limpiador y... zapeador compulsivo. Entre esos habituales que frecuentan el Casablanca se encuentran Roquito, Juan el del Pescado, El Chapi y, ¡cómo no!, Eladio Monroy. Monroy traspasa puntualmente la entrada del bar, día tras día, sobre las once y media, con el periódico bajo el brazo y su necesidad de cafeína a cuesta. Monroy fue años atrás jefe de máquinas en la marina mercante y sobrevive gracias a su pensión y a sus trapicheos, unos trapicheos que rozan el límite de la legalidad. En esta ocasión es el Chapi quien le propone uno más, un negocio bien remunerado, un bisnes irrechazable. «Mira, esta tarde llamas a Gerardo a ese teléfono, porque viene un tío de Madrid, que es representante o no sé qué ocho cuartos y viene a hacer un negocio, pero ni conoce ésto ni se fía demasiado... El tipo va a estar aquí un día o así. Tú lo recoges en el aeropuerto, lo llevas en coche a hacer sus gestiones, te pasas el día por ahí con él y lo acompañas otra vez al aeropuerto. Y te ganas veinte billetes.» Solo que la cosa no resulta tan fácil como la propone el Chapi. Monroy tiene que vérselas con dos detectives de poca monta y con un antiguo policía hoy encargado de las tareas de supervisión en una empresa de seguridad privada.

Las desgracias de Monroy no terminan aquí. Como cabía esperar nada le sale bien.  Ana Mari, su exmujer le requiere con premura para hacer efectivo el pago de una extorsión que está recibiendo del encargado de una agencia de servicios de compañía. Los hábitos sexuales de su ex y su actual marido, una especie de «millonario de manual sacado de una novela policíaca de los años treinta», son al parecer un «poco excéntricos». Tan excéntricos que les llevan a contratar a una joven eslovena para recrear sus fantasías sexuales. A pesar del servicio y la vigilancia los de la agencia se cuelan en la casa que el político posee en San José del Álamo y colocan videocámaras que graban las escenas de cama con todo lujo de detalles. Como consecuencia de ello surge un vídeo subidito de tono. Y la extorsión no se hace esperar. «Paco volvió a llamarme. Me dijo que podíamos llegar a un arreglo, por un módico precio. De entrada pidió dos mil euros.»

Monroy parece el hombre perfecto para este tipo de trabajo, pero como suele suceder siempre la cosa se complica y se ve enredado en una oscura y peligrosa trama de sexo que hará peligrar su seguridad y la de quienes le rodean. «Al parecer Roque, había estado pescando y volvía hacia casa, desde la avenida. Al cruzar, un cabrón le echó el coche encima y lo levantó por los aires. Parece que ni siquiera se había parado para ver si estaba vivo o muerto. Seguro que iba borracho, el hijo de puta.»

Es Eladio Monroy uno de esos personajes que dejan huella, de esos que te acompañan durante un buen trecho después de haber cerrado su libro. De esos que te vienen a la memoria cuando paseas por determinadas calles de la ciudad capitalina de Las Palmas de Gran Canaria. Porque es allí, en la calle Murga, donde vive. Allí en el Casablanca donde parlotea su lengua canaria y allí, en la isla, donde lleva a cabo esos trapicheos que rozan el margen de la legalidad. La ciudad es potencialmente subjetiva en la literatura y cualquiera de ellas, (hasta Las Palmas de Gran Canaria, una ciudad luminosa y amable, quizás la ciudad menos hardboiled del mundo), puede llegar a adaptarse y convertirse en una ciudad negra. Salvo contadas ocasiones Alexis Ravelo siempre ha familiarizado sus escritos con el paisaje de Gran Canaria. En sus descripciones recrea lugares y ambientes reales, y es así como Monroy despierta al tiempo que la ciudad con el ruido de los camiones de la basura, las cubas municipales, los vehículos de desinfección, los taxis vacíos, las guaguas, los camiones de reparto... Es  así como el mediodía ardiente y ruidoso de la calle León y Castillo le cae encima mientras se dirige a la Plaza de la Feria con dirección a su casa de la calle Murga. Así como recorre la Avenida Marítima, la Playa de las Alcaravaneras, el Club Náutico y la Base Naval con dirección al hotel Reina Isabel, en la Playa de las Canteras, mientras responde a las preguntas del visitante que siente curiosidad por todo lo que ve. «Pues tenía usted razón –dijo cuando pasaban por la zona del Muelle Deportivo y el sol chocaba contra la superficie del mar entre los yates y rebotaba hacia sus ojos con su alegría desbordante-: es una ciudad bonita.»  Como cita el autor al final del libro «cualquier ciudad es buena para una novela negra... pero da la casualidad que Eladio Monroy vive en Las Palmas. Que se le va a hacer.»

Ravelo maneja como nadie el lenguaje de la calle, un lenguaje que puebla unos diálogos que evocan a esos clásicos del hardboiled que él tanto admira, un lenguaje que no se deleita en detalles salvo cuando tiene que describir uno de esos parajes donde se desarrolla la acción y donde la estrechez moral y material adquiere su real gravedad.

La reflexión ética y social nunca ha dejado de estar presente en la novela de Ravelo. «No falta aspecto crítico en la novela negra española, pero sí es verdad que los que más venden no están en esa onda. El problema es que a veces tendemos a aburguesarnos por las necesidades del mercado y yo escribo para sacar al lector de la zona de confort.» El autor nunca ha ocultado su intención frente a la literatura: generar preguntas, que la gente se cuestione cómo está organizado el mundo. «Te das cuenta de que un canalla no se diferencia en muchos sentimientos de ti, en muchas sensaciones. Me interesa que el lector se inquiete.»  Viva, pues, esa inquietud que es capaz de generar tan buena literatura.
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viernes, 23 de junio de 2017

EL DETECTIVE NOSTÁLGICO. (José Luis Correa)

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EL DETECTIVE NOSTÁLGICO
José Luis Correa
ALBA EDITORIAL, S. L. U.
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«El detective nostálgico» es, más allá de un misterioso viaje por la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, un viaje introspectivo al interior de Ricardo Blanco. La creación de Blanco supone la aportación más significativa del escritor grancanario José Luis Correa al panorama literario español. Su novela es una profunda reflexión sobre la condición humana y un tratado íntimo sobre el miedo, la venganza y el odio. «Ricardo Blanco me da pie a reflexionar sobre ciertos asuntos, a hacerme preguntas y cuestionarlas. Me viene bien que Blanco se encuentre afligido, porque así está centrado en el análisis de la vida.» En las primeras páginas de la narración Blanco sufre una agresión por parte de un desconocido. El detective es herido en el zaguán de su casa: «La primera bala destrozó el quinto azulejo contando por la izquierda. La segunda rebotó en un peldaño y fue a incrustarse en el buzón del ático B. La tercera me atravesó la clavícula, dejando tras de sí un dolor silencioso y un olor a carne quemada del que me costó Dios y ayuda desprenderme.» Ni que decir tiene que Blanco sobrevive al atentado y comienza así una profunda reflexión sobre su pasado y la búsqueda de los posibles motivos que han llevado a su agresor a intentar acabar con su vida. Después de darle mil vueltas al asunto Blanco llega a la conclusión de que su atacante es un aficionado. Lo de los tres disparos y la persecución por la escalera no encaja con la actuación de un profesional. No puede ser otro que un chapucero movido por la rabia. Tal vez una venganza. Lo cierto es que Blanco no encuentra hilo conveniente del que tirar...

Cuando los escritores más entregados hablan de sus personajes lo hacen como si éstos tuvieran vida propia y así Correa opina sobre su creación: «Hace balance y analiza sobre lo que es importante y lo que no lo es. Sufre un tiroteo y ve el lado oscuro de la muerte.» Blanco alcanza su plena madurez -se encuentra ya rondando los sesenta años-, cansado y reflexivo. Y sobre todo nostálgico. «Con el tiempo he descubierto que, al revés de la mayoría de la gente, yo no vivo la soledad como un entreacto entre dos amores. Yo me enamoro en el puente que une dos soledades. Y no tengo claro si puedo echarle la culpa a mi forma de ser, a mi trabajo o al puñetero destino.»

Correa es consciente de que la narración no tiene el dinamismo de una novela negra ya que el protagonista se pasa la mayor parte de la trama intentando recomponer las piezas del caso desde el sofá de su casa. «Al principio Blanco cree que la agresión proviene de un caso anterior, y eso me sirve de excusa para plantear reflexiones sobre sus recuerdos.» No deja de sorprenderme la maestría de algunos escritores para transmitir tanto en tan pocas páginas y sobre todo para lograr plasmar con tanto detalle los sentimientos: «Intenté pensar en algo agradable, recordar la última vez que había sido feliz. Me vino a la mente un paseo por la playa. Mis pies descalzos. La marea borrando cada una de mis huellas. Mi sombra como un péndulo que viene y va, entre el agua y la arena. Funcionó. El dolor se había enfriado.» Esta apatía de su personaje no preocupa a Correa que prefiere pensar que son «cosas que pasan a la gente normal con las única licencia que se permite la ficción.»

En «El detective nostálgico» Correa convierte a su personaje en víctima en un intento de retrotraerlo al pasado. A su día de nacimiento, un viernes. Al día de su primera comunión, en Santo Domingo. A sus días de estudiante en un colegio de curas. Al recuerdo de su primer amor, Malena. A sus días de mili en León. A sus relaciones con su abuelo Colacho. (No sabría decir cuántas cosas heredé de él. Y tampoco sabría encontrar su tumba en San Lázaro.) La introspección es algo intrínseco en la vida de Ricardo Blanco. Nada relacionado con aquella necesidad de confirmar su existencia presente en la primera novela de la serie: «Mi abuelo era la única persona que podía confirmar que yo había existido alguna vez, que no había sido un sueño de un triste escritor de novela negra, la invención de un profesor de literatura de provincias.»

Correa ubica sus historias en un paisaje próximo, concreto y palpable. Sus personajes se mueven por la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria –y en general por toda la isla- con la seguridad que les otorga un escritor que conoce el terreno al dedillo. No ha sido ésta, curiosamente, la opción preferente de los escritores canarios a lo largo de la historia. Las Palmas de Gran Canaria es una ciudad singular, con grandes bolsas de pobreza y con una tasa de paro altísima. Sin embargo, cosa paradójica, es también una ciudad cosmopolita y elegante. Cuando pensamos en ciudades cosmopolitas se nos viene a la mente miles de etnias fusionadas en un mismo espacio, concentradas en un punto común y la certeza de ser algo más libres y abiertos. Las Palmas es un lugar privilegiado entre el mar y las montañas, destino de turismo de negocio y finanzas, con una actividad frenética durante las veinticuatro horas del día.   

Correa rastrea en la realidad más oscura de una isla llena de luz para ensombrecer sus novelas con todo aquello que forma parte de lo más íntimo del ser humano. No es consciente el ciudadano de estas islas de vivir en un lugar especialmente violento. Pero basta hojear una de las novelas de este autor para llegar al convencimiento de que en la ciudad del sol todo es posible. Hasta el punto de recrear una balacera en el tranquilo y silencioso barrio de Acusa Seca en la no menos tranquila y silenciosa ciudad de Artenara, ante la presencia de cabras y baifos que triscan en el heno.

Más allá de la inequívoca habilidad narrativa de José Luis Correa destaca en su literatura el uso natural y consciente del español de Canarias. El seseo generalizado, el empleo del pretérito indefinido en lugar del pretérito perfecto, la aspiración del sonido ¨j¨, la utilización del pronombre personal “ustedes” para la segunda persona del plural y todo un diccionario de voces  propias –los llamados “canarismos”-, que dan identidad al léxico de estas islas. Vocablos como guagua y fotingo, guayaba y tunera, baifo y jaira, gofio y mencey y expresiones del tipo voy para allá, amularse o picar el ojo enriquecen una narrativa ya de por sí conceptiva que ha llegado a hacer de Correa una de las voces más genuinas del panorama literario actual.
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sábado, 17 de junio de 2017

MIENTRAS SEAMOS JÓVENES. (José Luis Correa)

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MIENTRAS SEAMOS JÓVENES
José Luis Correa
ALBA EDITORIAL
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Ricardo Blanco no es nuevo en estas lides de la investigación. Ricardo Blanco forma ya parte de la imaginería de la novela negra española por derecho propio desde que allá por 2003 se dio a conocer en «Quince días de noviembre». A partir de entonces hemos tenido ocasión de disfrutarlo en ocho entregas más de la saga, todas ellas publicadas por Alba editorial. El título de ésta que traemos a colación hoy, la octava de la serie, forma parte del himno universitario “Gaudeamus Igitur” (Alegrémonos pues, mientras seamos jóvenes. Tras la divertida juventud, tras la incómoda vejez, nos recibirá la tierra.) y se inicia con el descubrimiento del cuerpo sin vida de una estudiante italiana de doctorado en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y la detención de su supuesto asesino, un profesor de patología animal con dedicación en la facultad de Veterinaria de dicha Universidad.

Las casualidades de la vida hicieron que la presentación de «Mientras seamos jóvenes» tuviera que ser cancelada en su momento. El día anterior fue encontrado el cuerpo sin vida de una alumna de la universidad. Había sido asesinada en su propio domicilio a base de recibir severos golpes en la cabeza. El hecho mantiene similitudes notables con la descripción que Correa hace del asesinato de su protagonista. «¿Opiniones y conjeturas? Tal vez. Sim embargo, existía un hecho crudo y objetivo. El de una muchacha muerta en el zaguán de su piso, en la calle Montevideo. La cabeza reventada contra el cuarto escalón. La falda por la cintura. Las bragas alrededor del tobillo derecho. Los ojos entreabiertos. Y una mueca de horror imposible de olvidar.» La asonancia entre la realidad y la ficción, no podía ser de otra forma, afectó en grado sumo a las emociones del escritor.

La novela comienza con una entrevista en la cárcel del Salto del Negro, en la capital grancanaria, entre Jorge del Amo, asesino inconfeso de la estudiante italiana Paola Bortolucci, y Ricardo Blanco, un detective a la antigua usanza, un tipo duro y sentimental, sesentón pero con el espíritu del mejor Marlowe, bogartiano él, amante del jazz, que se presenta como un ser ingenioso, solitario y tremendamente cáustico. En ella Del Amo declara haber sido objeto de una encerrona, detrás de la cual intuye la sombra proyectada por alguien que quiere joderlo bien jodido. Paola había desembarcado en la isla a principios de septiembre con el comienzo del curso, recomendada por prestigiosos profesores de Sicilia. Sus relaciones con Del Amo comenzaron antes de Navidad, quizás generadas por el subidón que le proporcionaba a éste el hecho de que una mujer joven se hubiera fijado en él. A medida que se adentra en la investigación, Blanco no se siente seguro de que su cliente merezca el tiempo que le dedica para librarlo de una condena que todos dan por segura. No en vano a Del Amo le acompaña una fama de arrogante, de maltratador y mujeriego, que hace que a Blanco no le caiga bien. «No me caía bien. Me jodía reconocerlo pero Jorge del Amo no me caía bien. Desde la primera vez que lo vi en aquella habitación desabrida del salto del Negro hubo algo en él que no me convenció.»

«Mientras seamos jóvenes» es una novela que discurre sin diálogos, lo que no implica que no los haya. Es el cuentista, en este caso el propio detective, el que nos los deja entrever en una narración en primera persona, con una prosa ágil y dinámica, un lenguaje poético y directo a la emoción, unos personajes solitarios y complejos, el tema recurrente de la muerte y la visión socarrona del mundo, algo muy característico del personaje de estas tierras, ya presente en las novelas costumbristas de Galdós. En su «Carta a Pepe Carvalho» Correa lo deja bien claro: «¿Y qué me dices del humor? Sin duda es algo que tiene que ver con éso de la comida. A los parientes del norte les da acidez, a nosotros socarronería. Por eso ellos tienen ese rictus malhumorado y tieso, por éso sostienen la filosofía del amargado. Nosotros no, querido Pepe. Nosotros nos tomamos la vida de otra forma. Nos sabemos igual de perdedores, igual de mortales que ellos pero sobrevivimos a nuestra mortalidad con grandes dosis de humor. Nos encogemos de humor. Y sonreímos.»

La violencia de género, las intrigas académicas, los conflictos generacionales, la inmigración, la xenofobia, la lentitud de la justicia y la burocracia, se dan la mano en una obra que es, además de una novela negra, una reflexión sobre la actualidad (la local y la de otras latitudes) y un tratado sobre el miedo, la venganza y el odio. Según palabras  del propio Correa: «el escritor siempre trata de reflejar el alma humana, la bondad y la maldad, y los maltratos. Un tema éste delicado porque afecta a la vida cotidiana y doméstica y el inductor es alguien cercano, de tu propia familia, no un enemigo externo.»

A José Luis Correa le cuesta reconocerse como escritor de novela negra, él sólo se reconoce como escritor. Y tiene motivos para ello, no en vano su carrera de novelista se ha visto refrendada con importantes distinciones, como el premio Benito Pérez Armas, en Santa Cruz de Tenerife, 2000, el Ciudad de Telde, en Las Palmas de Gran Canaria en 2002 y el Vargas Llosa, en Murcia, también en 2002. «Muchos amigos consideran que mi novela no es negra, que es medio gris... Puede ser. Lo que está claro es que mi ritmo narrativo se acerca mucho más al bolero que a una trama de puñalada tras puñalada.» Lo cierto es que las novelas de Correa tienen carácter, son propias de un novelista que goza de un gran dominio de los recursos narrativos, que orienta hacia la caracterización de los personajes. La descripción del espacio es ejemplar. No se puede negar que «Mientras  seamos jóvenes» es un magnífico friso de los lugares, las gentes y los entresijos de Las Palmas de Gran Canaria. «A mí Las Palmas me ha parecido siempre una ciudad muy literaria. Aparte de mi amor por ella, entiendo que aquí se vive, se muere, se ama, se siente uno solo, en compañía, se disfruta, se hiere como en cualquier lugar del mundo. Mis personajes no podrían vivir en otro lugar. Piensan y viven como isleños y es natural que vivan aquí.»

José Luis Correa se confiesa un vago. La documentación le produce urticaria (según sus propias palabras) porque le requiere mucho tiempo y a él, como a todo escritor, lo que le gusta es escribir...
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