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sábado, 17 de septiembre de 2016

AL SUR DEL PARAÍSO. (Jim Thompson)

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AL SUR DEL PARAÍSO (South of Heaven)
Jim Thompson
TRADUCCIÓN: Beatriz Pottecher
EDICIONES JÚCAR
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«Al sur del paraíso» es la única novela de Jim Thompson desde «Aquí y ahora» narrada en primera persona por un protagonista que no es un criminal. «Al sur del paraíso» recrea las experiencias de Thompson como «polvorilla» en 1927 quien, siempre delante de la cuadrilla de montadores, ayudaba a despejar el camino hacia el golfo con una perforadora de roca y dinamita para la construcción del oleoducto de la Texas Company en dirección a Port Arthur. 

Huérfano a causa de un trágico accidente a los dieciséis años, -sus abuelos, «mis únicos parientes vivos», estallaron bajo una carga explosiva al dinamitar una roca- Tommy Burwell, un aspirante a poeta y novelista convertido en vagabundo de los yacimientos, es un chico duro que ha llevado una existencia precaria de trabajos sin futuro desde hace años, un hijo pródigo de veintiún años de camino a los cuarenta: «...un golpe enérgico con la culata puede tener un efecto aleccionador sobre un joven de veintiún años y el que había recibido yo me había arrebatado algo de descaro... Era un trotamundos, un jornalero, un jugador de pacotilla, un hombre que desperdiciaba su vida en un desierto. Éso era ahora. Éso es lo que seguiría siendo dentro de otros veintiún años si es que conseguía vivir tanto...» Los trabajadores de los oleoductos tenían reputación de ser menos educados que otros jornaleros de la industria del petróleo. Mal pagado, y sin oportunidad de ascenso laboral, cualquiera capaz de doblar los riñones y con cierta tolerancia al dolor físico podía aspirar a trabajador en la construcción de un oleoducto. En «Al sur del paraíso» Thompson cataloga a sus hermanos del oleoducto como, «presidiarios, hospicianos, vagabundos...»

Burwell y su vagabundo compañero y mentor Four Trey Whithey, un tosco jugador de dados, están dispuestos a trabajar como dinamiteros en la nueva cañería que se construye a través de las llanuras desiertas de Far West Texas. Ellos son conscientes que se encuentran ante una forma peligrosa de ganarse la vida. Los accidentes son considerables y las muertes escalofriantes proliferan.

Cuando Carol, una chiquilla manuda y baja, de ésas en que las partes son mayores que el todo, aparece siguiendo la caravana de los trabajadores, Tommy se enamora de ella casi de inmediato. No hay ofertas de empleo para las mujeres en los trabajos del oleoducto, pero Carol sabe algunas cosas que podrían hacer que los trabajadores se mantengan a flote, un arreglo éste que Tommy no puede soportar por mucho tiempo. 

Más que seguir una estructura novelesca, las ácidas  memorias de «Al sur del paraíso» van enlazando relatos episódicos. La mayoría de ellos explotan anécdotas de los yacimientos. Los trabajadores filtran etanol y se divierten amotinándose achispadamente cuando la empresa les adelanta alcohol en vez de cheques el día de cobro. Realmente había bastante ley y orden alrededor de estos campos de trabajo. No de un tipo oficial, pero si de la clase de ley que se obtiene con la culata de un rifle. Budd Lassen, delegado del sheriff de un pueblo perdido del Lejano Oeste de Texas, colindante a las obras del oleoducto, es contratado temporalmente unas cuantas semanas o meses con la sana intención de hacer pasar un mal rato a la gente. Y así, hace saltar en mil pedazos la cabeza de Fruit Jar, un amigo de Burwell, cuando éste pretende abandonar una gasolinera sin pagar el combustible. Cuando el cadáver de Lassen es hallado cerca del campamento, -la pala de una excavadora le había caído encima, abierta en dos, cortándolo virtualmente en dos mitades y aplastándolo contra el suelo-, Burwell es acusado de asesinato y recluido en la cárcel de Matacora, capital del condado. Los tres hermanos Long, extrañamente confabulados con Carol, testifican a favor de Burwell, empeñados en que no vaya a la cárcel.

A pesar del certero autoanálisis que hace de sí mismo tras ser liberado, Burwell vuelve a trabajar en la construcción de la gran cañería de petróleo, esta vez realizando trabajos mucho más duros. Es destinado a «montar el tablero mormónico». Era éste el trabajo más asqueroso del oleoducto. El trabajo más vil del mundo. Consistía en sostener un tablero de casi un metro ochenta de largo y quizá noventa centímetros de fondo, infernalmente pesado, por un mango de arado situado en cada extremo, al tiempo que el cable que lo unía a un tractor se tensaba haciéndole verter su pesada carga de relleno en una zanja. También participó Burwell en la «cuadrilla del lubricante». Había tres hombres en esta brigada, uno se situaba a cada extremo de la zanja y sostenía la punta de una especie de hamaca, atada con una vuelta alrededor del conducto, al tiempo que un tercero vertía la grasa en ese delantal. Este último tenía que situarse justo encima del conducto. «Durante el tiempo que estuve con el lubricante mi rostro se quemó tanto que la piel se me caía a tiras.»

Tommy Burwell permanece al margen de toda violencia y engaño. No es un mártir (en un determinado momento se ve obligado a rebanarle el pescuezo a un hombre para salvar a Carol), pero conserva las características del héroe: sencillo, puro y fiel.

«Al sur del paraíso», como gran parte de la prosa producida por Thompson a finales de los veinte y primeros treinta, pertenece al género de la literatura «hobo»: baladas, folklore, relatos y autobiografías de trotamundos. Desarraigado, desdeñoso con la autoridad y situado al margen de los paradigmas del éxito y el fracaso el vagabundo aventurero estableció un código de dureza norteamericana que antecede a Hemingway y a Hammett. El sardónico y autosuficiente «hobo», enterrado en tierra de forma anónima, es el predecesor de posteriores y más agresivos marginados que irían apareciendo en la ficción proletaria y criminal. «Él cogió al muerto por la cabeza y yo por los pies. Lo bajamos a la zanja, extendiéndole boca abajo contra el caño. Volvimos a subir, nos agarramos al tablero mormónico y le hicimos señales al conductor del tractor... El tablero se  movió hacia adelante, empujando su enorme carga de tierra a la zanja, enterrando bajo ella el cuerpo de Otto Cooper.»

Hombres y máquinas perdiéndose en la distancia.  Una larga línea de hombres quemados por el sol, el resplandor de sus palas lanzando destellos, las gigantescas excavadoras balanceándose adelante y atrás, los martillos neumáticos brincando y trepidando al moler la dura roca. . . «Preparad los salvavidas. El oleoducto se aproxima. ¡Alguien lo va a lamentar!» En el futuro Thompson les contaría a sus amigos que los campos petrolíferos le habían dejado con un profundo odio hacia los insectos y un temor perpetuo a ser enterrado vivo.
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