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martes, 20 de diciembre de 2016

«LOS MAGNÍFICOS DEL HARDBOILED»

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No hay dudas respecto a que los escritores de ficción criminal han producido algunas de las mejores y más perdurables obras de la literatura del siglo XX y, ¿por qué no?, del XXI. Fue con la ficción criminal que la literatura alcanzó a comienzos del pasado siglo un grado sumo de elocuencia y colorido.

James M. Cain, escritor «hardboiled» por excelencia, llegó a afirmar en su momento que desconocía el significado del término. Así, pues, para lograr entendernos con claridad comencemos por definir de qué estamos hablando. Las historias «harboileds» se refieren esencialmente a aquellas en las que el investigador privado, (PI, acrónimo de «Private Investigator»), adopta el papel de héroe, aunque aquí de forma incongruente no tengamos más remedio que aceptar que Cain nunca escribió una novela policial. Las historias «hardboileds» son historias realistas, de una crudeza inusual desde el punto de vista que aquellos personajes que obtienen una licencia de investigador privado son contratados para resolver crímenes, y eso es algo que va más allá de lo que el vicario de un pequeño pueblo escondido de Escocia, investigador de salón éste, podría decir. Los «PI» son personajes solitarios, al igual que los viejos pistoleros del Oeste. Tienen un código del honor y la justicia que raya la ilegalidad, pero un código que a fin de cuentas es moral. Son personajes que pueden ser amenazados o golpeados pero no por ello renuncian a un caso ni traicionan a su cliente. Son individuos enfrentados a las organizaciones políticas y a los criminales corruptos y, además, prevalecen, porque son fieles a sí mismos y a su código.

La novela «harboiled» tiene restricciones más estrictas que las que sufre una monja de clausura a lo largo de su vida religiosa. Generalmente escrita en primera persona, la historia «harboiled» suele comenzar con la llegada a la destartalada oficina de un sabueso de una mujer joven con un paquete de problemas bajo el brazo. La policía no puede o no quiere ayudarla y la situación suele ser tan sensible que la investigación se debe llevar en el más absoluto de los secretos. El investigador acepta el caso. Se entrevista con personas y pone el pasado de su cliente patas arriba. En el momento en que concluye la investigación son varios los cadáveres que reposan sobre el mármol de la morgue, al tiempo que el investigador pone al descubierto al culpable y continúa con su solitaria vida a la espera de otro cliente que le haga revivir lo ya vivido con anterioridad.

El detective «hardboiled» vio la luz en las páginas de la revista pulp «Black Mask» a principios de 1920, debido a la pluma de Carroll John Daly, quien creó el prototipo del investigador privado harboiled en la figura de «Race Williams», un matón duro donde los haya, que mantuvo su popularidad durante más de una década. Las directrices de Daly fueron retomadas por Samuel Dashiell Hammett, quien aportó talento al género, dándole credenciales literarias. «El agente de la Continental» apareció en numerosos cuentos de Hammett y en sus dos primeras novelas, «Cosecha roja» y «La maldición de los Dain», antes de que aquél creara al mítico «Sam Spade» en «El halcón maltés». Ésta sigue siendo, en muchos sentidos, la última gran novela de detectives impresa en la memoria de la gente, gracias a la magistral interpretación para la gran pantalla realizada por Humphrey Bogard.

El testigo de Hammett lo recogió Raymond Chandler con su inmortal «Philip Marlowe», que emergió con «The Big Sleep» y se mantuvo en primera línea durante ocho novelas más. Chandler fue un escritor cuyo uso del símil y la metáfora nunca han sido igualados. Es unos de los magníficos de la literatura del siglo XX. Cuando Ross Macdonald decidió escribir sus novelas sobre el investigador privado «Lew Archer» intentó emular a Chandlerd en la medida de lo posible. Mediante la adición de la psicología freudiana a la mezcla, dio a sus novelas una profundidad rara vez conseguida.

Mickey Spillane, con su héroe «Mike Hammer», acaparó la popularidad en EE.UU. durante una década. Spillane fue un escritor vilipendiado por la crítica por sus conservadores puntos de vista políticos, pero sus lectores supieron ver su claridad literaria y así se convirtió en un gran favorito para el gran público.

Entre otros escritores sobresalientes de este período hay que destacar a Erle Stanley Gardner, cuyo «Perry Mason» vendió más de 100 millones de ejemplares; Howard Browne, también conocido bajo el pseudónimo de John Evans; Harol P. Masur, creador del investigador «Jordan Scott»; Thomas B. Dewey, y su popular estrella, el investigador privado «Mac»; Jonathan Latimer, conocido a partir de una serie de novelas protagonizadas por el detective «William Crane», en las que presenta una mezcla de hardboiled y comedia de enredo; William Campbell Gault, ganador del Edgar en 1952 por su primera novela «Don´t Cry for My»; Frederick Nebel, autor de las series policiales: «Kennedy & MacBride», «Dick Donahue» y «Jack Cardigan»; Paul Cain, quien llegó a escribir diecisiete cuentos para Black Mask y está considerado un punto de referencia en la ficción pulp; Raoul Whitfield, conocido por sus historias sobre «Jo Gar» y por último, George V. Higgins, cuya novela «Los amigos de Eddie Coyle», -la primera de un total de veintisiete-, lo catapultó a la fama.

Hasta ahora hemos hablado de investigadores privados, pero la realidad es que la prosa hardboiled también ha sido empleada por destacados escritores de suspense. Para ello no hay más que evocar el nombre de Cornell Woolrich. Asimismo, lo fue por escritores de novela negra que contaron sus historias desde el punto de vista del criminal, como James M. Cain, Jim Thompson, W. R. Burnett, David Goodis y Richard Stak -alias de Donald E. Westlake-, y por aquellos, como Ed McBain, Ed Dee, Stephen Solomita y Robert Daley, que crearon novelas policiales.
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