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sábado, 1 de julio de 2017

TRES FUNERALES PARA ELADIO MONROY. (Alexis Ravelo)

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TRES FUNERALES PARA ELADIO MONROY
Alexis Ravelo
ANROART EDICIONES
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Durante la última década, al tiempo que Eladio Monroy se ha abierto un hueco en el mundo noir, el prestigio de Alexis Ravelo ha crecido en paralelo. Y es que su obra no ha pasado desapercibida para el gran público. No es cuestión baladí el hecho de haber recibido el elogio crítico de autores ya consolidados y ser considerado hoy como uno de los narradores canarios más prometedores de su generación. Sus méritos están ahí: en 2013 se hizo con el XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe por «La última tumba» y en 2014 con el XXVII Dashiell Hammett de Gijón por «La estrategia del pequinés», dos de los más afamados galardones del género concedidos en España.

Cada día, a media mañana, el tuerto Casimiro, ya calvo y entrado en años, abre las puertas de su bar Casablanca en León y Castillo y comienza a recibir a los habituales. Casimiro es un barman para todo: dependiente, cocinero, limpiador y... zapeador compulsivo. Entre esos habituales que frecuentan el Casablanca se encuentran Roquito, Juan el del Pescado, El Chapi y, ¡cómo no!, Eladio Monroy. Monroy traspasa puntualmente la entrada del bar, día tras día, sobre las once y media, con el periódico bajo el brazo y su necesidad de cafeína a cuesta. Monroy fue años atrás jefe de máquinas en la marina mercante y sobrevive gracias a su pensión y a sus trapicheos, unos trapicheos que rozan el límite de la legalidad. En esta ocasión es el Chapi quien le propone uno más, un negocio bien remunerado, un bisnes irrechazable. «Mira, esta tarde llamas a Gerardo a ese teléfono, porque viene un tío de Madrid, que es representante o no sé qué ocho cuartos y viene a hacer un negocio, pero ni conoce ésto ni se fía demasiado... El tipo va a estar aquí un día o así. Tú lo recoges en el aeropuerto, lo llevas en coche a hacer sus gestiones, te pasas el día por ahí con él y lo acompañas otra vez al aeropuerto. Y te ganas veinte billetes.» Solo que la cosa no resulta tan fácil como la propone el Chapi. Monroy tiene que vérselas con dos detectives de poca monta y con un antiguo policía hoy encargado de las tareas de supervisión en una empresa de seguridad privada.

Las desgracias de Monroy no terminan aquí. Como cabía esperar nada le sale bien.  Ana Mari, su exmujer le requiere con premura para hacer efectivo el pago de una extorsión que está recibiendo del encargado de una agencia de servicios de compañía. Los hábitos sexuales de su ex y su actual marido, una especie de «millonario de manual sacado de una novela policíaca de los años treinta», son al parecer un «poco excéntricos». Tan excéntricos que les llevan a contratar a una joven eslovena para recrear sus fantasías sexuales. A pesar del servicio y la vigilancia los de la agencia se cuelan en la casa que el político posee en San José del Álamo y colocan videocámaras que graban las escenas de cama con todo lujo de detalles. Como consecuencia de ello surge un vídeo subidito de tono. Y la extorsión no se hace esperar. «Paco volvió a llamarme. Me dijo que podíamos llegar a un arreglo, por un módico precio. De entrada pidió dos mil euros.»

Monroy parece el hombre perfecto para este tipo de trabajo, pero como suele suceder siempre la cosa se complica y se ve enredado en una oscura y peligrosa trama de sexo que hará peligrar su seguridad y la de quienes le rodean. «Al parecer Roque, había estado pescando y volvía hacia casa, desde la avenida. Al cruzar, un cabrón le echó el coche encima y lo levantó por los aires. Parece que ni siquiera se había parado para ver si estaba vivo o muerto. Seguro que iba borracho, el hijo de puta.»

Es Eladio Monroy uno de esos personajes que dejan huella, de esos que te acompañan durante un buen trecho después de haber cerrado su libro. De esos que te vienen a la memoria cuando paseas por determinadas calles de la ciudad capitalina de Las Palmas de Gran Canaria. Porque es allí, en la calle Murga, donde vive. Allí en el Casablanca donde parlotea su lengua canaria y allí, en la isla, donde lleva a cabo esos trapicheos que rozan el margen de la legalidad. La ciudad es potencialmente subjetiva en la literatura y cualquiera de ellas, (hasta Las Palmas de Gran Canaria, una ciudad luminosa y amable, quizás la ciudad menos hardboiled del mundo), puede llegar a adaptarse y convertirse en una ciudad negra. Salvo contadas ocasiones Alexis Ravelo siempre ha familiarizado sus escritos con el paisaje de Gran Canaria. En sus descripciones recrea lugares y ambientes reales, y es así como Monroy despierta al tiempo que la ciudad con el ruido de los camiones de la basura, las cubas municipales, los vehículos de desinfección, los taxis vacíos, las guaguas, los camiones de reparto... Es  así como el mediodía ardiente y ruidoso de la calle León y Castillo le cae encima mientras se dirige a la Plaza de la Feria con dirección a su casa de la calle Murga. Así como recorre la Avenida Marítima, la Playa de las Alcaravaneras, el Club Náutico y la Base Naval con dirección al hotel Reina Isabel, en la Playa de las Canteras, mientras responde a las preguntas del visitante que siente curiosidad por todo lo que ve. «Pues tenía usted razón –dijo cuando pasaban por la zona del Muelle Deportivo y el sol chocaba contra la superficie del mar entre los yates y rebotaba hacia sus ojos con su alegría desbordante-: es una ciudad bonita.»  Como cita el autor al final del libro «cualquier ciudad es buena para una novela negra... pero da la casualidad que Eladio Monroy vive en Las Palmas. Que se le va a hacer.»

Ravelo maneja como nadie el lenguaje de la calle, un lenguaje que puebla unos diálogos que evocan a esos clásicos del hardboiled que él tanto admira, un lenguaje que no se deleita en detalles salvo cuando tiene que describir uno de esos parajes donde se desarrolla la acción y donde la estrechez moral y material adquiere su real gravedad.

La reflexión ética y social nunca ha dejado de estar presente en la novela de Ravelo. «No falta aspecto crítico en la novela negra española, pero sí es verdad que los que más venden no están en esa onda. El problema es que a veces tendemos a aburguesarnos por las necesidades del mercado y yo escribo para sacar al lector de la zona de confort.» El autor nunca ha ocultado su intención frente a la literatura: generar preguntas, que la gente se cuestione cómo está organizado el mundo. «Te das cuenta de que un canalla no se diferencia en muchos sentimientos de ti, en muchas sensaciones. Me interesa que el lector se inquiete.»  Viva, pues, esa inquietud que es capaz de generar tan buena literatura.
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